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Mostrando entradas de junio, 2024

Tiempo, siempre es el tiempo

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«Tiempo, lo que nos falta siempre es el tiempo». Ya lo decían los hermanos Muñoz (sí, me refiero a los Estopa, sin duda héroes de la lírica de mi generación). El caso es que, a mí, como a tantos otros, siempre me falta el tiempo, que insiste en ser escaso especialmente por las mañanas. Al parecer, al tiempo no le gusta la aurora, ni el rocío, ni los gorjeos y graznidos de los pájaros tempraneros. Estoy segura de que el tiempo es un ave nocturna como yo. Movida por la mala leche, la única emoción capaz de sacarme de la cama, me arrastro hasta la cocina mientras pienso en lo mucho que me molestan los dichosos pájaros cantores, el frío matutino y el obsceno timbre del despertador. Maldito sea el tiempo, me paso la vida luchando contra su rapidez o contra su excesiva lentitud, nunca se adapta al compás perfecto. Reflexiono y me voy encabronando progresivamente mientras agito con efusividad la cucharilla contra las paredes de una maltrecha taza de café que tiene los días contados. De repent...

Ya han quitado el banco

Ya han quitado el banco. No presidía una gran avenida, era más bien un banco modesto que se escondía en el recodo de una calle estrecha y silenciosa. Su ausencia podría pasar desapercibida, casi tanto como lo había hecho su presencia. Los listones estaban desgastados y la pintura que un día los cubrió hacía tanto que había desaparecido que ya nadie la recordaba. Solo podían intuirse algunos pigmentos rojizos, como si se tratara de la policromía de un objeto antiquísimo, pero no tendría más de 40 años. Las astillas asomaban por todas partes, siempre prestas a incomodar a los sedentes, y los clavos llevaban años trabajando más de lo necesario para intentar que aquel aparejo no se viniera abajo. Con él han desaparecido también las montañas de pipas mordidas y rechupeteadas por adolescentes. En consecuencia, ya no hay regueros de hormigas orbitando alrededor y organizándose para cargar con los restos de cáscaras y hollejos. Tampoco pajaritos que busquen alguna semilla despistada que hubier...

La tarántula

Solía tener un pánico tremendo a las arañas. Me inquietaba, más que los bichos en sí, la forma en que se mueven. Se desplazan rápidamente moviendo las patas de forma secuencial, en cascada, primero las de un lado y luego las del otro, plegándose por cada uno de sus tramos. Aquellas pequeñas cosas negras parecían burlarse de mí con su terrible rapidez, aunque en realidad no fuese tanta. Les tenía tanto pavor que nunca había visto la cara de ninguna, jamás me acerqué tanto. Así pasé años y años rehuyéndolas, hasta que un día, sin querer, como pasa casi todo lo que merece la pena, me topé de frente con una de ellas. Rápidamente aparté la mirada y pegué un chillido, aquella criatura tenía más capacidad de amedrentarme que un forzudo de dos metros. La primera vez que vi una foto en primer plano de una araña ocurrió lo mismo. ¡Pero qué terror! ¿Si en verdad son útiles estos animales, por qué tienen que tener una forma tan terrible? Durante mucho tiempo, cada vez que me topaba con una imagen ...

La pizarra magnética

Cuando era pequeña tenía una pizarra magnética con la que podía pasar tardes enteras. De hecho, fue mi mejor compañera durante años y, sin duda, el mejor aparato para paliar la frustración. Dibujaba sin parar, imaginaba miles de escenas que después intentaba plasmar con rapidez, como si temiese que fueran a desaparecer si no me daba prisa. Primero recorría la pizarra con el lápiz de forma frenética y luego borraba de un lado a otro, golpeando con cada movimiento los maltrechos bordes de plástico, como si siguiera el compás de un viejo y ruidoso metrónomo. Primero un personaje, luego dos, después CHÁS, borrador de izquierda a derecha, un lienzo nuevamente blanco y otros tres personajes prestos para ser dibujados y entrar en acción. Así tarde tras tarde. Hace poco volví a ver una pizarra en un anuncio y todos esos recuerdos volvieron a mí como un chaparrón. Podía visualizar nítidamente el tipo de figurines que dibujaba, el color de la pizarra, el trazo difuso del lápiz magnético... Pero ...

The winner takes it all

Ya lo dijeron ABBA y entonces no puede ser sino cierto: The winner takes it all . Aunque el escalador bien sabe que necesita a los sherpas para llegar a la cima, al final, en la cumbre de todas las cosas solo puede ondear una bandera, y esa es, irremediablemente, la del ganador. No hay espacio en las páginas de agradecimientos ni tiempo en los créditos finales para explicar y agradecer con detalle lo que hicieron los que trabajan en las sombras. Los mediocres, los grises, los indispensables y sin embargo innombrables, todos los que si no están se echan en falta, pero, cuando están, parece prescindible hacer alusión a su presencia. ¡Qué triste es perder la carrera tan cerca del final! Por mucho que se esfuercen en hacernos creer lo contrario, quizás en un intento desesperado de que no sea la última vez que participamos, bien sabemos que solo hay dos resultados posibles: ser vencedor o perdedor. Nadie se acordará jamás del que quedó quinto, y todo el esfuerzo de los participantes se desv...

Sudar para recordar

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Otro verano en la Meseta. Carrera igualada entre las gotas de sudor y el hartazgo de quienes pasan agosto sin vacaciones. Chicharras escandalosas durante la tarde y el zumbido desesperante de los mosquitos en cuanto el sol se cansa de azotarnos las espaldas. Es la hora de abrir las ventanas, prender la citronela y esperar que no sean muchos los picotazos. Se oyen rechinar los platos del nuevo vecino de abajo, las voces de los niños, que son dueños y señores de las calles en época estival, y el chascar de las pipas de los que salen al fresco para huir de los grados que las paredes de casa parecen empeñarse en retener a toda costa. Se han abierto las ventanas, sí, de forma física y figurada. Se vuelven a oír risas y discusiones en la calle y, a pesar del calor, o más bien gracias a él, volvemos a ser una comunidad que se quiere, que se odia, que se desternilla de risa y que también se incordia, pero que desea que lleguen las diez de la noche para volver a salir a jugar, a cotillear, a se...

Los cipreses

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Los griegos empezaron a relacionar los cipreses con la muerte porque creían que su altura ayudaría a conducir las almas de los muertos al cielo y su naturaleza perenne se asociaba a la inmortalidad. Mi madre, por su parte, decía que cuando era pequeña le asustaban los cipreses, que parecían cernirse sobre ella a medida que avanzaba por el pasillo central del cementerio. El personaje de Alfredo en La sombra del ciprés es alargada (Miguel Delibes, 1948) decía que quería que le enterrasen al lado de un pino: «Te aseguro que no son tonterías. Los cipreses no puedo soportarlos. Parecen espectros y esos frutos crujientes que penden de sus ramas son exactamente igual que calaveritas pequeñas, como si fuesen los cráneos de esos muñecos que se venden en los bazares». Yo cuando veía los cipreses me acordaba de la letra de una canción de Anímic: « Els arbres no pensen, però jo penso en ells i penso en el dia que me’n vagi al cel blanc del nord, on tots són bons i no es fan ma l (los árboles no p...

Blanco color nieve, blanco color miedo

¡Yo no sabía que los colores podían meter miedo! Aquel blanco, blanco amenazante, blanco de veras, se cernía sobre mí a un paso irrefrenable. ¡Pero qué monstruo podría acaso asustar tanto! ¿El abominable hombre de las nieves, quizás? Nada de eso... Las cosas que dan miedo de verdad no hacen ruido al avanzar. Iban apareciendo de manera progresiva y cautelosa; primero mimetizándose como un sutil reflejo, un espejismo, un breve relámpago… Pero los matices se iban haciendo cada vez más visibles y certeros, hasta que era inútil negarlo. Yo temía a las canas no por su forma, sino lo que me venían a decir. Verlas era como escuchar una maléfica carcajada y vislumbrar un dedo acusador en el espejo que constataba que las trastadas ya se trataban como ofensas y que el tiempo ya no se medía en calendarios escolares de septiembre a junio. Los huesos de los niños, según dicen, todavía son de goma, pero los míos ya eran de un material demasiado recio y me advertían de que una mala caída acabaría en r...