La pizarra magnética

Cuando era pequeña tenía una pizarra magnética con la que podía pasar tardes enteras. De hecho, fue mi mejor compañera durante años y, sin duda, el mejor aparato para paliar la frustración. Dibujaba sin parar, imaginaba miles de escenas que después intentaba plasmar con rapidez, como si temiese que fueran a desaparecer si no me daba prisa. Primero recorría la pizarra con el lápiz de forma frenética y luego borraba de un lado a otro, golpeando con cada movimiento los maltrechos bordes de plástico, como si siguiera el compás de un viejo y ruidoso metrónomo.

Primero un personaje, luego dos, después CHÁS, borrador de izquierda a derecha, un lienzo nuevamente blanco y otros tres personajes prestos para ser dibujados y entrar en acción. Así tarde tras tarde. Hace poco volví a ver una pizarra en un anuncio y todos esos recuerdos volvieron a mí como un chaparrón. Podía visualizar nítidamente el tipo de figurines que dibujaba, el color de la pizarra, el trazo difuso del lápiz magnético... Pero me di cuenta de que, por mucho que me esforzara, no podía recordar la trama de las historias que inventaba.

Una vez leí que, cuando envejecemos, los sentimientos se convierten en pensamientos. Me pregunto si no pasará algo parecido con la creatividad, si no es acaso una piel de serpiente que mutamos de camino a la adultez y que casi todos nosotros terminamos por perder. Cuando empezamos a usar el filtro de la razón y del pragmatismo, el huracán pierde fuerza, el potro desbocado aprende a doblegarse y empezamos a sentir que nos invade un temor hasta entonces desconocido: al fin somos conscientes de las consecuencias. Comenzamos a sopesar las probabilidades, a medir las acciones, a encorsetarnos poco a poco para minimizar la posibilidad de errar.

Supongo que este paso es inevitable para enfrentarse al porvenir o, simplemente, para poder sobrevivir cuando ya no tenemos una figura paterna que nos proteja. Los más afortunados, o quizás los más temerarios, se niegan a mutar la piel y siguen en contacto con ese niño que un día todos fuimos, aquel infante de imaginación desbordada e ingenio espontáneo, pero pagan el peaje de no comprender qué narices le pasa al resto de adultos grises que les rodean y que no son como ellos. Los menos afortunados, se condenan sin saberlo a asistir día tras día al entierro de la feliz criatura. Palazo a palazo, golpe de tierra tras golpe de tierra, primero un pie y luego otro, así hasta llegar a la cabeza... Aquí yace un niño que no tuvo más remedio que crecer.

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