No quiten de la mesa el sifón

Recuerdo que el salón de Mariana estaba presidido por una copia de La Cordobesa, presumiblemente de Julio Romero de Torres. Los ojos profundos y tristes de la joven retratada se encontraban en perfecta sintonía con una estancia dominada por las mismas tonalidades de aquel cuadro en el que la luz estaba embutida y apagada, pues yacía sepultada bajo el peso del gris. Yo miraba los ojos de aquella mujer y el espesor de las nubes oscuras a sus espaldas y me daban ganas de abrazarla allá donde estuviera. La verdad es que hacía mucho que no accedía a una vivienda que hubiese soportado de forma tan estoica el paso del tiempo, y me pareció digno de admirar cómo había resistido en sus trece a tantas modas y comentarios de hijos y nietos que, ya criados en diáfanos salones blancos, se sentían abrumados en aquella casa. De repente me di cuenta de que, aunque no quisiera reconocerlo, había empezado a sentir nostalgia por los cuadros de colores pesados, ennegrecidos por el tiempo y el humo de chimeneas y braseros: los bodegones, las escenas de caza, los cuadros bucólicos, las jóvenes cordobesas como aquella. Pensé en los manteles bordados, en los sifones con los que se aclaraba un vino poco soportable para los paladares de los hijos de Mariana, pero cuyo padre había consumido diariamente y calificado siempre como el más exquisito de los brebajes.


Me quedé tocando la pintura rugosa que cubría aquellos muros de un grosor insólito y que se esforzaban en ser la barrera térmica perfecta en un clima tan extremo como el manchego. Su misión era sin duda encomiable: hacer posible la siesta cuando fuera se alcanzaban los cuarenta grados y mantener el calor del fuego en invierno cuando en la calle las estalactitas de hielo amenazaban el paso de los viandantes. Pensé que a los nietos de Mariana les debía de sorprender que las casas estuviesen casi siempre en penumbra, pero es que probablemente no se imaginen que no eran un lugar donde pasar largas horas delante de una pantalla, sino poco más que el refugio donde permanecer el tiempo justo para comer y descansar después de las largas jornadas de trabajo. La vida se hacía en el exterior y se pasaba tiempo más que de sobra al sol, que ya bastante arrugaba el rostro tras tantas horas de vendimia y labranza, como para encima dejarlo pasar a través de inmensos ventanales. A ellos, que ya habían crecido rodeados de ciervos minimalistas de IKEA y como mucho de algunos jarrones con formas y texturas orgánicas, como decían los expertos, con toda seguridad les parecería que al atravesar aquellos densos muros habían accedido poco menos que a la cripta del conde Drácula.


Nuevos estilos arquitectónicos para nuevas sociedades. Estilos que ya no se rigen tanto por las necesidades climatológicas, sino por la necesidad de implementar todas las modas contenidas en revistas y redes sociales, por parecer avanzados y nórdicos aunque solo sea en eso, en apariencia. Nuestro eterno complejo de inferioridad es más viejo que el Lazarillo de Tormes. Estancias luminosas y diáfanas para un país que ahora ya necesita más luz dentro de casa que fuera, porque los nietos de Mariana ya pasan mucho más tiempo frente a Netflix que jugando al balón, porque sus padres ya tampoco intercambian opiniones con sus vecinos ni salen a tomar el fresco, así que supongo que es normal que prefieran mejorar la habitabilidad de sus moradas. Será que el paso del tiempo hace que cada vez le tengamos más cariño a todo aquello que nos recuerda al hogar y a la infancia, porque el tiempo, aunque sea silencioso, siempre deja huella al avanzar, así que nos hace conscientes de que algún día también nos querrán desechar y reemplazar por no cumplir con los preceptos contemporáneos, como al cuadro de La Cordobesa y al sifón. Quién sabe, quizás algún día los nietos de Mariana también sientan nostalgia por los muebles suecos que hoy decoran sus cuartos.


Gris, J. (1913). El sifón [Óleo sobre lienzo]. Rose Art Museum, Waltham (Massachusetts).

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