La noche en que Brigitte Bardot se apiadó de mí
Entramos en aquella casa tan poco ventilada que nos obligó a dar un paso atrás al golpear nuestras narices con aquella mezcla entre el olor del suavizante de la última lavadora y el de una nube de humo de cigarrillos que no tenía ventana abierta por la que escapar. Tras el primer impacto, el olfato se acostumbró y dejó que fuera la vista el próximo sentido en verse afectado. Pañuelos usados y botellas vacías esparcidas por el suelo, láminas desgastadas pegadas con celo maltrecho a aquellas paredes tan manoseadas que no podía distinguirse ya cuál fue el tono primigenio de la pintura. Una mesa de conglomerado llena de manchas sin identificar y un televisor tan antiguo que ya solo servía como repisa para sostener la figurilla de porcelana de una bailarina raída que, con toda seguridad, había presenciado noches mejores. Contra todo pronóstico, la estancia estaba muy bien insonorizada y con las ventanas cerradas apenas se escuchaba ya el ruido de las risas y los vasos de los bares que seguí...