La noche en que Brigitte Bardot se apiadó de mí
Entramos en aquella casa tan poco ventilada que nos obligó a dar un paso atrás al golpear nuestras narices con aquella mezcla entre el olor del suavizante de la última lavadora y el de una nube de humo de cigarrillos que no tenía ventana abierta por la que escapar. Tras el primer impacto, el olfato se acostumbró y dejó que fuera la vista el próximo sentido en verse afectado. Pañuelos usados y botellas vacías esparcidas por el suelo, láminas desgastadas pegadas con celo maltrecho a aquellas paredes tan manoseadas que no podía distinguirse ya cuál fue el tono primigenio de la pintura. Una mesa de conglomerado llena de manchas sin identificar y un televisor tan antiguo que ya solo servía como repisa para sostener la figurilla de porcelana de una bailarina raída que, con toda seguridad, había presenciado noches mejores. Contra todo pronóstico, la estancia estaba muy bien insonorizada y con las ventanas cerradas apenas se escuchaba ya el ruido de las risas y los vasos de los bares que seguían abiertos en la calle. Hice todo lo que pude por mitigar aquel silencio terrible, pero no fui capaz: podía oír claramente el avance de la maraña que se había formado en mi cabeza y cuyos hilos se iban enredando a un ritmo vertiginoso. Él me miró inquieto y nos sentamos a la mesa.
Le estuve observando a través del lagrimeo del vino más barato que pudimos encontrar. Las gotas iban resbalando por la copa y yo le sostenía la mirada como si no pudiera encontrarse con ella, como si el cristal fuese una especie de armadura impenetrable que me protegía de su juicio. Mientras la bebida iba descendiendo por mi garganta, cuya acidez me recordaba su módico precio a cada trago, me di cuenta, como si de una revelación divina se tratara... Devolví la copa a la mesa. «¡Qué ironía!», pensé, pues sabía que algún día ese líquido rancio persistiría en mi memoria como el más dulce de los brebajes y que siempre me recordaría a él. Solo entonces supe que era mentira, pero ya se sabe que los recuerdos son metamórficos: cambian de forma y color según les vamos añadiendo y quitando verdades, dependiendo de la sed del cuerpo. «Ojalá pudiera conservarte como si fueses un mosquito atrapado en el ámbar», me dije, para poder demostrar que hubo un día en que decidió quedarse conmigo. Absorta en mis pensamientos, me convencí de que los engranajes de mi cabeza estaban haciendo tanto ruido que casi podía escucharlos.
«Voy a llorar de pena, te lo juro. Voy a llorar tanto que no vas a saber dónde esconder la cara, y pensarás que nunca antes tus manos te habían parecido tan pequeñas e inútiles, porque no son suficientes para abarcar todo aquello de lo que te quieres proteger. Creo que empezaré sollozando e iré subiendo el ritmo hasta adoptar el color rojizo de los neonatos. Aceleraré la respiración y el pulso hasta que te sientas tan inquieto que no te quede más remedio que saltar de la silla de un respingo. Te aproximarás a mí despacio, como el que hiere sin querer a un animal en la carretera y no sabe qué hacer al respecto. No sabrás si preguntarme por la causa de mi agitación o si simplemente ofrecerme consuelo con ligeras palmaditas en la parte superior de la espalda, arqueada ya como el lomo de un felino».
Todo eso le dije sin articular palabra. Después de aquel despropósito, y aunque la tendencia natural de los avergonzados es mantener la cabeza gacha, alcé la vista para encontrarme con una de las láminas manidas que decoraban las cochambrosas paredes. Era un póster de Brigitte Bardot, y yo la miré a los ojos y ella asintió con vehemencia ante mis razones desesperadas, o al menos eso me pareció en su día, y ahora no tengo más remedio que recordarlo así, aunque fuese mentira. Ojalá todo hubiera sido como una película francesa, pero una de esas en las que siempre es verano y los enamorados solo piensan en bañarse desnudos en el mar o en el río. Esas películas en las que nunca parece importar la ausencia de estudiantes en las aulas ni de empleados en sus puestos de trabajo, porque están todos demasiado ocupados remangando faldas y apagando cigarrillos que solo se han fumado a medias. Sin embargo, aquello en vez de Marsella era Madrid, el vino era malo de narices y jamás le he vuelto a ver desde entonces.
![]() |
| Saura, A. (1959). Brigitte Bardot [Óleo sobre lienzo]. Museo de Arte Abstracto Español (Cuenca). |

Comentarios
Publicar un comentario