¿Tú no oyes eso?
Los dos últimos hombres que me rompieron el corazón odiaban el mismo elemento de mi cuarto, y hasta hoy no había reflexionado sobre la terrible y vaticinadora coincidencia. Al principio todo acontecía con la normal e indiscreta exuberancia que traen consigo los actos carnales y los consiguientes volúmenes y fluidos implicados, capaces de aniquilar por un momento la evidencia de todo lo que rodea a los cuerpos en acción. Durante la primera hora, nadie reparó en la presencia del reloj. Cuando las respiraciones por fin se calmaban y comenzaban a acompasarse a medida que la nube de éxtasis se diluía, las mentes empezaban a reconocer el terreno. Recuerdo que el primero de estos hombres, al cabo de un rato de silencio, se incorporó ligeramente y me dijo: «¿Oyes eso? ¿No te molesta? Joder, yo no puedo parar de oírlo». Yo le pregunté, haciéndome la tonta, que a qué se refería. «Pues al reloj que tienes ahí. No sé cómo puedes dormir con ese ruido por las noches». Yo me reí de aquel comentario c...