De cuando el ocre se enamoró del verde
A la gente como yo, aquellos que nos habíamos criado donde abunda la vid y el cereal, nos parecía todo un privilegio ser del norte. Yo creía que habían sido tocados por la gracia, porque a todas luces algo debían de haber hecho en esta vida o en la otra para ser merecedores de tal ubicación geográfica. Parecía como si estuviesen un escalafón por encima, como si hubiesen tenido más suerte en la lotería de la repartición de lugares de nacimiento. Yo, que venía de los campos extensos y a menudo yermos, había crecido entre el ocre y el naranja de un cielo que siempre lo vencía todo, porque no encontraba en los árboles desafío ni impedimento, y que se extendía en paralelo a los cultivos de secano, como zanjas parejas. Con esos antecedentes, levantar la vista en un bosque en el que el sol esparce someramente sus rayos entre las ramas, y donde se puede jugar a adivinar las nubes entre los relieves de las montañas, me parecía cosa de otro universo. Los colores verdes y azulados que inundaban e...