De cuando el ocre se enamoró del verde
A la gente como yo, aquellos que nos habíamos criado donde abunda la vid y el cereal, nos parecía todo un privilegio ser del norte. Yo creía que habían sido tocados por la gracia, porque a todas luces algo debían de haber hecho en esta vida o en la otra para ser merecedores de tal ubicación geográfica. Parecía como si estuviesen un escalafón por encima, como si hubiesen tenido más suerte en la lotería de la repartición de lugares de nacimiento. Yo, que venía de los campos extensos y a menudo yermos, había crecido entre el ocre y el naranja de un cielo que siempre lo vencía todo, porque no encontraba en los árboles desafío ni impedimento, y que se extendía en paralelo a los cultivos de secano, como zanjas parejas. Con esos antecedentes, levantar la vista en un bosque en el que el sol esparce someramente sus rayos entre las ramas, y donde se puede jugar a adivinar las nubes entre los relieves de las montañas, me parecía cosa de otro universo. Los colores verdes y azulados que inundaban el paisaje eran dones divinos que, desde luego, si les habían sido concedidos a ellos y a nosotros no, debía de ser por algo. Hasta el frío y el viento parecían allí distintos y daba la sensación de que se podrían soportar con más levedad pese a las estacas de la punzante humedad, pues el majestuoso paraje hacía que mereciese la pena pagar la cuota de las inclemencias meteorológicas.
Recuerdo con claridad los primeros viajes a tierras norteñas y esa sensación de estar entrando en una dimensión casi sacra. El olor fresco y una luz blanca de aquel cielo que casi nunca podía verse al completo hasta llegar a orillas del mar, tan fiero y místico en comparación con el tranquilo Mediterráneo, el único que yo había conocido hasta entonces, que era para mí inconcebible que aquellas dos masas de agua tan diferentes se conociesen por el mismo nombre. Me sorprendía en particular la vegetación profusa y de un verde tan brillante, con esos árboles que parecían atacar el aire con sus ramas hermosas, torcidas e interminables. Y también la distribución de los cultivos, que en lugar de extenderse como campos abiertos se ordenaban en forma de bocage entre los desniveles de prados y colinas. Qué decir si no de aquellas carreteras sinuosas que desaparecían entre pendientes escarpadas, de las iglesias románicas imperturbables que se sustentaban en la piedra recia y gris, siempre fría y húmeda. Yo, que había visto en libertad poco más que conejos y avecillas y con suerte algún corzo o jabalí en zonas de monte bajo, que de donde venía los rebaños siempre iban dirigidos por el pastor y se desplazaban aglutinados al son del cencerro y el balar, me quedé maravillada ante la solemne figura de las inmensas vacas, dueñas y señoras del paisaje silencioso que se extendía a ambos lados de la carretera. ¡Qué felices debían de ser por allí los lobos y raposines, pensé para mí, con tantos escondrijos para sí!
Incluso el uso de la lengua me había cautivado. Los paisanos usaban allí el pretérito simple en vez del compuesto para las cosas que acababan de acontecer y utilizaban los diminutivos en “-ín” (¡ese sonido de la ene velar tan característico!). La entonación era suave y reposada, sonaba el castellano tan distinto que era como tocar las mismas notas pero con otro instrumento. Qué embaucada había quedado yo de aquella belleza tan arraigada y genuina, pero supongo que uno solo puede ver lo hermoso cuando se halla a la distancia necesaria, por eso es tan difícil a veces encontrarlo en casa. Yo nunca me había parado a apreciar el paisaje castellano hasta que no me alejé de él lo suficiente durante el tiempo necesario, y fue solo entonces cuando pude hacer de la diferencia una virtud y asumir que venimos de la tierra y a ella pertenecemos. Se estableció así en mi corazón una sensación de arraigo ineludible por la llanura y brotó a su vez la fascinación por el norte: el equilibrio indispensable para conservar el espíritu en calma y darle las mismas razones para permanecer que para marcharse.

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