La piedra franca
Encontré un extraño consuelo en la piedra franca de Villamayor, madre de las vistosas construcciones monumentales salmantinas. Un día, casi temerosa, extendí el brazo para pasear mi mano sobre ella, como quien acaricia con sumo cuidado el lomo de un animal. Aquella piedra era de tacto rugoso y suave. Los minerales que la conformaban le conferían un peculiar aspecto satinado, e incluso daba la sensación de que aquel brillo se impregnaría en los dedos, como si se hubiese aplicado en una capa de revestimiento posterior que todavía estaba fresca. Cuando la luz del sol incidía sobre la piedra se acrecentaba notablemente este efecto, y de aquella simbiosis nacía un resplandor que le había valido a Salamanca el más que merecido sobrenombre de ciudad dorada. Yo me maravillaba ante los dones de un material que, si bien era maleable y capaz de engendrar preciosas filigranas, aguantaba estoicamente tantos siglos a la intemperie, en una zona donde tanto el invierno como el verano son abruptos a su...