La persistencia de la interlocución
«Venga, que no cuesta nada», se dice a sí misma. La muchacha del ascensor al principio duda, pero, tras sacudirse la dubitación, ladea la cabeza ligeramente y después eleva las mejillas con desgana. Esos dos bultos sonrojados y endurecidos ejercen presión contra los párpados inferiores, y estos a su vez cambian inevitablemente la forma de los ojos, que terminan sepultados por los pliegues de piel compactada. Toda acción tiene sus consecuencias, así que las mejillas alpinistas obligan a las comisuras de los labios a acompañarlas en la aventura. Tiran de ellas y cada una trepa por un lado de la cara, hasta formar una media luna que deja al descubierto las estrellas que tiene por dientes. Solo es eso, una pequeña mueca indolora y trivial, aparentemente inocua. Sin embargo, hay quien no puede conformarse con eso y necesita dar un paso más allá. Siempre hubo temerarios. Un chico sube al autobús y retira hacia atrás su abrigo, como el pianista que se acomoda la levita del chaqué al sentarse ...