La persistencia de la interlocución

«Venga, que no cuesta nada», se dice a sí misma. La muchacha del ascensor al principio duda, pero, tras sacudirse la dubitación, ladea la cabeza ligeramente y después eleva las mejillas con desgana. Esos dos bultos sonrojados y endurecidos ejercen presión contra los párpados inferiores, y estos a su vez cambian inevitablemente la forma de los ojos, que terminan sepultados por los pliegues de piel compactada. Toda acción tiene sus consecuencias, así que las mejillas alpinistas obligan a las comisuras de los labios a acompañarlas en la aventura. Tiran de ellas y cada una trepa por un lado de la cara, hasta formar una media luna que deja al descubierto las estrellas que tiene por dientes. Solo es eso, una pequeña mueca indolora y trivial, aparentemente inocua. Sin embargo, hay quien no puede conformarse con eso y necesita dar un paso más allá. Siempre hubo temerarios.

Un chico sube al autobús y retira hacia atrás su abrigo, como el pianista que se acomoda la levita del chaqué al sentarse en la banqueta antes de disponerse a tocar. Del bolsillo del pantalón que queda al descubierto saca con destreza una cartera, y a su vez de ella una tarjeta plastificada, con la rapidez mecánica y poco meditada del gesto cotidiano. Parece un truco de magia, un mago sacando un conejo de la chistera. Después se dispone a acercar la tarjeta al lector y, en el último momento, alza la cabeza y dirige la mirada hacia el autobusero con decisión, casi desafiante. Se esmera en buscar la suya, y despega atrevido los labios para pronunciar un sonoro «Buenos días». Algunos pasajeros observan sorprendidos la escena. ¡Qué barbaridad! ¡Qué osadía! Pero ahí no acaba la cosa. Los hay que, además de atreverse con muecas y palabras, esperan una interacción sostenida en el tiempo. Hay gente para todo.

Una señora llega al salón de belleza. Se recrea en la apertura de la puerta; se permite hacerlo con delicadeza e intenta que se cierre despacio para evitar un ruido innecesario, con una consideración poco habitual. Pregunta en voz baja algún detalle sobre su cita y se sienta enfrente de la manicurista. Al principio todo parece normal, dentro de lo esperable: que si deme una mano, meta esta otra en la lámpara, elija el color del esmalte… Pero para la señora no es suficiente, así que aprovecha el mudo vaivén de la pequeña brocha para hacer comentarios. Primero, tímida, se refiere al tiempo y al tráfico. Eso era así las primeras veces, cuando apenas recibía contestación más allá de una ligera sonrisa y algún que otro monosílabo. La manicurista se afanaba en terminar el turno con rapidez, como de costumbre.

Pero la señora era insistente y además tenía uñas de crecimiento rápido, así que volvía al salón casi semanalmente. La manicurista, al verla aparecer, bajaba la vista y endurecía el tono de voz, pero nada era suficiente para frenar el ansia de interacción de la señora, así que, un día, la pobre chica se dio por vencida y cayó en su trampa: que si eres o no de este barrio, que si cuánto tiempo hace que trabajas aquí, que si qué bonito es el niño de Lourdes la pescadera. El gorjeo de la conversación sencilla, como el agua que de tanto transcurrir al final erosiona la piedra, había terminado por destensar los músculos faciales de la manicurista, que un día incluso dejó escapar una improcedente risotada. ¡Qué desastre! Menudo desatino… Con lo que nos ha costado este nivel de individualismo y asepsia, en un mundo en el que ya se puede hacer la compra sin interactuar con el cajero, para que ahora haya detractores que se resistan y prefieran invertir tiempo innecesario en interacciones de las que no podrán sacar rédito alguno, más allá de la ridícula cortesía y el calor humano. ¿Quién lo necesita?

Comentarios

  1. Interactuar,sentir, notar, compartir, hablar tan necesarios como leer, escuchar., aprender.
    Tus reflexiones nos recuerdan la necesaria y a veces perdida comunicación humana.
    Una vez más gracias Irene

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