Trovadores



Si un día me preguntaran por los hombres que podrían hacerme suspirar, tendría que reconocer que siempre me fascinaron aquellos capaces de dominar el arte. Los músicos me parecían tremendamente atractivos por su capacidad de comprender el lenguaje que con más rapidez conmueve el alma, de atender a su llamada y de entender sus aspectos más técnicos para hacer de la matemática pura magia. Yo, que era una simple tocanotas pero por contra una melómana irremediable, tristemente nunca tuve el don de la improvisación ni de entender la armonía y los métodos de composición, así que me sentía totalmente fascinada por todo aquello que a mí me parecía cosa de arcanos. Al sentirme en un nivel inferior con respecto a estos seres, los miraba desde lejos y nunca me creí capaz de entrar de lleno en su mundo, tan cambiante y etéreo que, a veces, he de reconocer, incluso me abrumaba.

Con los pintores me ocurría algo similar. Yo había estudiado la pintura desde una vertiente teórica y también me acercaba a ella como espectadora, pero mis nulas capacidades de ejecución me hacían sentir una farsante: nunca podría contarles nada que no supieran, como si estuviésemos hechos de materias diferentes que se repelen. Cómo iban esas manos a estar compuestas de la misma carne que las mías, si podían hacer que los pigmentos cobrasen vida. Y cómo iban esos ojos a ver lo mismo que los míos, si eran capaces de verter lo que retenían sobre un lienzo y hacer de ello un mundo nuevo. Así pues, me alejaba también de ellos por miedo al ridículo irremediable. Y qué decir si no de los bailarines, reyes del ritmo y la contorsión, capaces de arrancar desde sus huesos un espectáculo que hace cuestionarse cómo es posible transmitir tanto confiando simplemente en la moción de los cuerpos.

Por descarte, centré todas mis ensoñaciones en los únicos artistas a los que podía llegar a entender: los escritores. La palabra era lo único que yo alguna vez había utilizado para hacer del pragmatismo vital y de lo anodino toda una aventura; la única herramienta que yo había tenido para intentar hacer algo bello, algo horrible, o al menos algo real y capaz de tocarle a uno, sea como fuere, las entrañas. Entendía las virguerías técnicas de la escritura, y también tenía la intuición y el gusto lo suficientemente desarrollados como para reconocer y distinguir entre escritores buenos, malos y mediocres, y no me temblaba el pulso a la hora de categorizarlos. En tiempos acelerados en los que el uso de la palabra se concibe como un mero transmisor de información, la capacidad de hacer arte de las letras hacía que mi admiración por esta estirpe fuera aún más creciente si cabe. De entre todos los domadores de letras, quizás por ser ya un fenómeno residual, suscitaban en mí una pasión inusitada los poetas y trovadores, en concreto aquellos que bien por certeros o por sutiles confiaban en la inteligencia y raciocinio de su público y no se limitaban a hacer uso de la complacencia para conseguir un aplauso vano.

La verdad es que utilizar la palabra como medio expresivo es todo un atrevimiento. Es como invertir tiempo en diseñar y construir una preciosa daga de metal que sabes que cualquier día podrá ser utilizada en tu contra. Todos tus juicios claramente expuestos sobre el papel, perennes, susceptibles una y mil veces de reinterpretación y escarnio. La escritura es atreverse a salir al campo de batalla sin armadura y confiar en que la fuerza que irradias será suficiente para mantenerte con vida… Es decir, una temeridad propia de locos imprudentes, que son al fin y al cabo la miel en la que caen las moscas torpes y embelesadas como yo.

Romero Ressendi, B. (1967). La danza de los pavos [Óleo sobre lienzo]. Colección particular.

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