El trigal
Como todas las tardes, cuando el sol daba tregua y dejaba de castigar la piel yo salía al campo para aprovechar sus últimos rayos, que eran siempre los más benévolos, y me iba tan pronto como la humedad del relente me amenazaba los huesos. Allí encontraba siempre a la misma hora a un muchacho templado y brillante como el trigo que le rodeaba; la pura encarnación de la lozanía y el candor juvenil. Su estatura era más bien recortada, pero la luz anaranjada que precedía al crepúsculo hacía más vigorosa su figura y afilaba sus rasgos, de forma que parecía tener más años al atardecer que durante las primeras horas del día. Sus ojos vivarachos y su sonrisa pícara eran el perfecto reflejo de un carácter avispado pero tierno, ese que se adquiere por pura supervivencia y que no está forjado por la malicia ni condicionado por lecturas intelectuales. Ciertamente, me inspiraba ternura aquel adolescente inquieto pero atento, tanto que parecía afilar las orejas como un lobo cuando escuchaba. Pregunt...