Potatoes don't lie


Nunca había conocido a nadie tan impasible y concienzudo como la señora Byrne. Si la vida fuera un teatro, ella no interpretaría ningún papel; probablemente sería la encargada de asegurarse de mantener el escenario y el atrezo siempre a punto. Creía que no estaba en su mano provocar un mínimo cambio en las circunstancias, así que centraba todos sus esfuerzos en realizar sus labores diarias de forma intachable, sin cuestionarse nunca el método y mejorando su técnica a base de repetición mecánica. Así pues, cada mañana acercaba a la ventana una recia silla de patas de madera y asiento de cuerda trenzada que se iba deshilachando por momentos, y asía con fuerza el cuchillo, como si fuera a blandir una espada... Pero sus enemigos eran patatas.


Apoyaba firmemente el mango contra la palma de su mano y giraba la muñeca hasta conseguir que la piel de los tubérculos se desprendiera a una velocidad inusitada. Iba cayendo haciendo círculos en espiral, casi bailando, y la mayoría de veces conseguía una sola mondadura por patata. El resultado era impecable. Jamás se quejó del callo que lucía su mano derecha como herencia de la repetitiva tarea, ni miró pensativa a través de la ventana para preguntarse si merecía una vida distinta. Sin embargo, últimamente algo había cambiado en su predecible rutina. Si no la conociera, quizás habría tardado mucho más tiempo en darme cuenta, pero cualquier nuevo gesto o pulsión de la señora Byrne era síntoma inequívoco de que algo le estaba perturbando, como el canto que rebota en el agua y quiebra la quietud del estanque. Creo que tuvo que ver con la última visita de su nieto.


Cian, su nieto más joven, era un muchacho delgado y atlético de sonrisa pícara y ojos vivarachos. Yo me habría atrevido a sentenciar que era su predilecto, pero la señora Byrne jamás hubiese emitido un juicio que pudiera quebrantar de forma alguna la armonía del hogar y poner en entredicho su imparcialidad. Sin embargo, yo sabía que la presencia de aquel joven era la única cosa en el mundo capaz de ralentizar la velocidad con la que caían al suelo las mondaduras de las patatas. Ella alejaba la vista del cuchillo durante más tiempo de lo usual cuando él cruzaba el marco de la puerta, y de vez en cuando las comisuras de sus labios se afilaban ante los comentarios socarrones del joven, que siempre hacía aspavientos y se movía en círculos por la casa mientras hablaba. Aquel día Cian permaneció inmóvil sobre la baldosa central de la cocina para dirigirse a su abuela con semblante serio y midiendo el peso de sus palabras.


—¿Sabes? Ya lo he decidido, me voy a marchar. No te vayas a entristecer por eso, porque voy a ser muy feliz y todo va a cambiar a mejor. Estoy cansado de esto, abuela, no quiero tener una vida mediocre, no puedo quedarme aquí y vivir siempre como un pueblerino. Me voy a marchar a Cork y vendré de vez en cuando a cantar canciones y a contarte chistes, te lo prometo.


La señora Byrne tiró el cuchillo al suelo y su reacción hizo que los ojos de Cian se abrieran más que de costumbre. El muchacho retrocedió un paso y se puso en guardia, como un gato asustado. Su abuela se giró sobre la silla, apoyó con firmeza un brazo sobre el respaldo y empezó a dirigirse a su nieto mientras le apuntaba severamente con el dedo.


—Mira, pequeño, lo único que vas a conseguir son falsas esperanzas. Los jóvenes sois como cuervos que se acercan a las cosas brillantes, y luego vienen los lloros y las penas. Probablemente tengas alguna que otra racha de gloria y pienses por un momento que podrás tenerlo todo en la vida, así que pasarás el resto del tiempo buscando que se repita, en una carrera continua y desesperada por volver a rozar el éxito. Hazme caso, niño, la cima es un lugar muy pequeño y estarás condenado a pasar la vida escalando para volver a alcanzarla. Tras cada pequeño triunfo te carcomerá la insatisfacción y te ahogarás pensando que nunca es suficiente. Deja las montañas, deja los toboganes, olvídate de la adrenalina de los vaivenes y aprende a recorrer con alegría el camino llano, a sortear con entereza las piedras que encuentres. Tu espíritu es todavía muy joven para comprenderlo, pero cuanto antes dejes de esquivar la mediocridad, antes encontrarás la calma, que es la única felicidad duradera.

Nolde, E. (1910). Puente en la marisma [óleo sobre lienzo]. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).
Nolde, E. (1910). Puente en la marisma [Óleo sobre lienzo]. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).




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