Plástico y enea
Rosario pasaba sus últimos días en una vivienda esquiva en la que las visitas eran tan poco frecuentes como la luz del sol, que apenas se atrevía a cruzar sus ventanas tímidamente durante las primeras horas de la tarde. Aquel bajo enrejado y lleno de humedades era una sangrante alegoría del ocaso de su vida, y todo cuanto podía permitirse con lo que le había quedado de pensión. Ella, que tanto se había quejado de las arrugas que surcaban avariciosas su rostro a causa del sol, el visible castigo de los que no podían ocultar de dónde provenía su sustento, ahora añoraba disfrutar de su reconfortante presencia. Hacía un par de años que le fallaba la memoria, pero los recuerdos son lienzos pintados con distinta suerte y esmero. La mayoría de los que ocupaban su cabeza eran de pincelada gruesa y ligera, de modo que apenas le permitían discernir si lo que acontecía en la escena era dulce o amargo. Otros, sin embargo, gozaban de un trazo tan fino y trabajado que podía revivirlos con increíble ...