Plástico y enea


Rosario pasaba sus últimos días en una vivienda esquiva en la que las visitas eran tan poco frecuentes como la luz del sol, que apenas se atrevía a cruzar sus ventanas tímidamente durante las primeras horas de la tarde. Aquel bajo enrejado y lleno de humedades era una sangrante alegoría del ocaso de su vida, y todo cuanto podía permitirse con lo que le había quedado de pensión. Ella, que tanto se había quejado de las arrugas que surcaban avariciosas su rostro a causa del sol, el visible castigo de los que no podían ocultar de dónde provenía su sustento, ahora añoraba disfrutar de su reconfortante presencia.

Hacía un par de años que le fallaba la memoria, pero los recuerdos son lienzos pintados con distinta suerte y esmero. La mayoría de los que ocupaban su cabeza eran de pincelada gruesa y ligera, de modo que apenas le permitían discernir si lo que acontecía en la escena era dulce o amargo. Otros, sin embargo, gozaban de un trazo tan fino y trabajado que podía revivirlos con increíble nitidez. Entre esos recuerdos se encontraba la silla de enea en la que tantas horas pasó mondando lentejas o arreglando hojas de espinacas.

Una tarde de mayo, haciendo alarde de las pocas fuerzas que le restaban, sacó una roída silla de plástico a la calle. Alzó el cuello, cerró los ojos y esperó la compañía de un sol mucho más benévolo que en su juventud. Para su sorpresa, no fue el único en pasar la tarde con ella. Una niña de ojos vivos y brillantes le mostró su diminuta silla de patas de madera y asiento de enea, y le espetó:


—¡Mi madre me ha castigado y tengo que contar todas las hebras del asiento! ¿Me ayudas?



Comentarios

  1. Eres la mejor! Ya echaba de menos tus relatos, sigue así por favor.

    Un cordial saludo

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