El trigal
Como todas las tardes, cuando el sol daba tregua y dejaba de castigar la piel yo salía al campo para aprovechar sus últimos rayos, que eran siempre los más benévolos, y me iba tan pronto como la humedad del relente me amenazaba los huesos. Allí encontraba siempre a la misma hora a un muchacho templado y brillante como el trigo que le rodeaba; la pura encarnación de la lozanía y el candor juvenil. Su estatura era más bien recortada, pero la luz anaranjada que precedía al crepúsculo hacía más vigorosa su figura y afilaba sus rasgos, de forma que parecía tener más años al atardecer que durante las primeras horas del día. Sus ojos vivarachos y su sonrisa pícara eran el perfecto reflejo de un carácter avispado pero tierno, ese que se adquiere por pura supervivencia y que no está forjado por la malicia ni condicionado por lecturas intelectuales.
Ciertamente, me inspiraba ternura aquel adolescente inquieto pero atento, tanto que parecía afilar las orejas como un lobo cuando escuchaba. Preguntaba por pura curiosidad, no con afán analítico, y cuando algo le parecía disparatado fruncía el ceño y ladeaba ligeramente la cabeza antes de manifestar duda o desconcierto. Muchas veces, sin saberlo, había dado en el clavo con cuestiones que a más de uno le habían costado años de elucubración. Era casi un personaje de ficción, pues se había mantenido tan alejado de los medios virtuales y tan apegado a la tierra que no había tenido ocasión de contagiarse por el posmodernismo ni había podido enfermar el espíritu de tanto insuflar aires de grandeza, como le había ocurrido ya a la mayoría de sus coetáneos. Yo le miraba como los ornitólogos estudian las avecillas, y a veces hasta temía que mi presencia pudiese contaminar su aura prístina de forma alguna.
Aquello me hizo pensar en el debate entre naturaleza y artificio, como el que tuvieron Iturrioz y Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia de Pío Baroja, y pensé que eran como los dos hombres que se hundían en el fango en el Duelo a garrotazos de Francisco de Goya. Tanto tiempo dedicado a la ciencia para conseguir que las máquinas hicieran nuestras manos menos callosas, para salvarnos de morir por no beber agua saneada, y ahora, paradójicamente, resulta que el contacto con la tierra, en vez de embrutecer, es lo único que puede mantener a raya nuestra cordura en un mundo de lleno de abstracción y problemas hipotéticos. Al final la sofisticación nos ha convertido en seres endebles y somos como una avecilla que voló tan alto que ahora ya no sabe cómo volver al nido y reencontrarse con su madre. Los que ayer eran zafios hoy son los únicos que siguen, aunque sea por efecto de la circunstancia, cerca de la raíz: aquellos que no se han malogrado y siguen siendo conscientes de qué ramas constituyen el árbol de lo elemental.
No pretendo, sin embargo, hacer alarde de bucolismo. La crudeza del medio rural mantiene recio el carácter y lo impermeabiliza al cambio, que es el único motor capaz de hacernos volar lo suficientemente alto como para encontrar un lugar con un clima más favorable. Pero la gracia está en saber qué debe mutar y cómo conservar lo que funciona, y es en este último punto donde parece que estamos fracasando. No se trata de idealizar la falta de tecnología, sino de reconocer que, en tiempos confusos en los que ya no se sabe si el huevo salió de la gallina o si aconteció al revés, lo sabio es ir a ver cómo la gallina pone y cuida del huevo y pensar en cómo mejorar las condiciones de su corral, en vez de divagar sobre si es legítimo o no que sigan habiendo gallinas y huevos.
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| Van Gogh, V. (1888). Soir d'été [Óleo sobre lienzo]. Kunst Museum, Winterthur (Suiza). |

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