Sudar para recordar
Otro verano en la Meseta. Carrera igualada entre las gotas de sudor y el hartazgo de quienes pasan agosto sin vacaciones. Chicharras escandalosas durante la tarde y el zumbido desesperante de los mosquitos en cuanto el sol se cansa de azotarnos las espaldas. Es la hora de abrir las ventanas, prender la citronela y esperar que no sean muchos los picotazos.
Se oyen rechinar los platos del nuevo vecino de abajo, las voces de los niños, que son dueños y señores de las calles en época estival, y el chascar de las pipas de los que salen al fresco para huir de los grados que las paredes de casa parecen empeñarse en retener a toda costa. Se han abierto las ventanas, sí, de forma física y figurada.
Se vuelven a oír risas y discusiones en la calle y, a pesar del calor, o más bien gracias a él, volvemos a ser una comunidad que se quiere, que se odia, que se desternilla de risa y que también se incordia, pero que desea que lleguen las diez de la noche para volver a salir a jugar, a cotillear, a ser unos con otros.
En verano, sudar y recordar: drenaje de cuerpo y alma. Sudar para entender que todos necesitamos una calle a la que salir, unos vecinos a los que saludar y un cielo limpio hacia el que alzar el cuello. Recordar por qué somos como somos y por qué la vida en comunidad es la única forma de seguir siendo.
![]() |
| Fotografía de archivo personal |

Comentarios
Publicar un comentario