La tarántula
Solía tener un pánico tremendo a las arañas. Me inquietaba, más que los bichos en sí, la forma en que se mueven. Se desplazan rápidamente moviendo las patas de forma secuencial, en cascada, primero las de un lado y luego las del otro, plegándose por cada uno de sus tramos. Aquellas pequeñas cosas negras parecían burlarse de mí con su terrible rapidez, aunque en realidad no fuese tanta.
Les tenía tanto pavor que nunca había visto la cara de ninguna, jamás me acerqué tanto. Así pasé años y años rehuyéndolas, hasta que un día, sin querer, como pasa casi todo lo que merece la pena, me topé de frente con una de ellas. Rápidamente aparté la mirada y pegué un chillido, aquella criatura tenía más capacidad de amedrentarme que un forzudo de dos metros.
La primera vez que vi una foto en primer plano de una araña ocurrió lo mismo. ¡Pero qué terror! ¿Si en verdad son útiles estos animales, por qué tienen que tener una forma tan terrible? Durante mucho tiempo, cada vez que me topaba con una imagen de ellas en una enciclopedia o en internet, daba un respingo y salía despedida de la silla, como un resorte.
Hasta que un día, no sé si por cansancio o por indiferencia, quizás fue de esos días en los que sientes que nada más puede hacerte daño, me atreví a quedarme mirando la cara de una tarántula en una foto. Sus ocho ojos brillantones, sus fauces amenazantes, su pelo negro. Al principio sentí asco, pero acabé por mantener la mirada. Con el paso del tiempo, podía mirarlas durante más tiempo, primero un segundo, luego dos, después tres, así hasta que un día terminé por perderles el miedo.
A veces, todo es tan simple como eso: acercarse a lo que a uno le aterra para descomponerlo. Observar con detenimiento cada una de sus partes hasta familiarizarnos con ellas y convertir al bicho en una criatura inofensiva. No puede hacernos daño lo conocido. A veces, más que valor, lo único que hace falta para perder el miedo es la paciencia suficiente que requiere aprender a mirar de frente a las cosas que nos aterran.
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