Los cipreses


Los griegos empezaron a relacionar los cipreses con la muerte porque creían que su altura ayudaría a conducir las almas de los muertos al cielo y su naturaleza perenne se asociaba a la inmortalidad. Mi madre, por su parte, decía que cuando era pequeña le asustaban los cipreses, que parecían cernirse sobre ella a medida que avanzaba por el pasillo central del cementerio.

El personaje de Alfredo en La sombra del ciprés es alargada (Miguel Delibes, 1948) decía que quería que le enterrasen al lado de un pino: «Te aseguro que no son tonterías. Los cipreses no puedo soportarlos. Parecen espectros y esos frutos crujientes que penden de sus ramas son exactamente igual que calaveritas pequeñas, como si fuesen los cráneos de esos muñecos que se venden en los bazares».

Yo cuando veía los cipreses me acordaba de la letra de una canción de Anímic: «Els arbres no pensen, però jo penso en ells i penso en el dia que me’n vagi al cel blanc del nord, on tots són bons i no es fan mal (los árboles no piensan, pero yo pienso en ellos y pienso en el día en que me vaya al cielo blanco del norte, donde todos son buenos y no se hacen daño)».

A mí los cipreses no me asustaban y depositaba en ellos una ciega esperanza. Cada vez que se moría alguien, me acordaba de la letra de esta canción y pensaba que ojalá los cipreses impertérritos de aquí y de allá, los de mi pueblo y los de todos los demás, me llevasen un día a ese cielo blanco donde nadie se hace daño jamás.

«Ojalá sea verdad que existe el cielo en realidad. ¡Quién tuviera fe en cada poro de la piel! Si creer es imaginar lo que no podemos saber, ojalá sea verdad todo lo que no se ve. Que cuenten conmigo llegado mi momento, que juzguen mis actos, a eso no le tengo miedo. Si es verdad todo lo que dice sobre él, ojalá que exista el cielo y yo acabe allí también, ojalá que exista el cielo, para volveros a ver» (Deluxe, 2008).

Fotografía de archivo personal


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