Blanco color nieve, blanco color miedo


¡Yo no sabía que los colores podían meter miedo! Aquel blanco, blanco amenazante, blanco de veras, se cernía sobre mí a un paso irrefrenable. ¡Pero qué monstruo podría acaso asustar tanto! ¿El abominable hombre de las nieves, quizás? Nada de eso... Las cosas que dan miedo de verdad no hacen ruido al avanzar.

Iban apareciendo de manera progresiva y cautelosa; primero mimetizándose como un sutil reflejo, un espejismo, un breve relámpago… Pero los matices se iban haciendo cada vez más visibles y certeros, hasta que era inútil negarlo.

Yo temía a las canas no por su forma, sino lo que me venían a decir. Verlas era como escuchar una maléfica carcajada y vislumbrar un dedo acusador en el espejo que constataba que las trastadas ya se trataban como ofensas y que el tiempo ya no se medía en calendarios escolares de septiembre a junio.

Los huesos de los niños, según dicen, todavía son de goma, pero los míos ya eran de un material demasiado recio y me advertían de que una mala caída acabaría en rotura. Las rabietas se prolongaban y terminaban siendo decepciones, que son manchas difíciles de limpiar. Las preocupaciones cada vez eran más frecuentes y el número de amigos más reducido. Hoy sabía más cosas que ayer, pero una cana más era un día menos para poder seguir escondiendo los errores bajo la excusa de la tierna juventud.

Comentarios