Ya han quitado el banco

Ya han quitado el banco. No presidía una gran avenida, era más bien un banco modesto que se escondía en el recodo de una calle estrecha y silenciosa. Su ausencia podría pasar desapercibida, casi tanto como lo había hecho su presencia. Los listones estaban desgastados y la pintura que un día los cubrió hacía tanto que había desaparecido que ya nadie la recordaba. Solo podían intuirse algunos pigmentos rojizos, como si se tratara de la policromía de un objeto antiquísimo, pero no tendría más de 40 años. Las astillas asomaban por todas partes, siempre prestas a incomodar a los sedentes, y los clavos llevaban años trabajando más de lo necesario para intentar que aquel aparejo no se viniera abajo.

Con él han desaparecido también las montañas de pipas mordidas y rechupeteadas por adolescentes. En consecuencia, ya no hay regueros de hormigas orbitando alrededor y organizándose para cargar con los restos de cáscaras y hollejos. Tampoco pajaritos que busquen alguna semilla despistada que hubiera podido zafarse de los hambrientos muchachos. ¡Por fin! ¡Qué higiénico! Algunos respirarán aliviados. Ahora nos gustan mucho los espacios despejados y limpios, los tonos neutros y, en definitiva, los lugares minimalistas y asépticos.

Ya no hay tanta suciedad en el recodo de esta calle, eso es cierto. Como también lo es que ya no hay besos furtivos entre parejas noveles. Tampoco chicos que hablen del partido del domingo, ni cuchicheos sobre la nueva de clase. Las chicas ya no quedan allí para hablar de lo que van a ponerse para la fiesta del viernes. Ya nadie intercambia cromos. Los jóvenes cargados de hormonas bullentes han dejado de molestar con los chillidos de sus voces en pleno cambio y el continuo olor a ganchitos y pipas con sal. Ahora las señoras se asoman al balcón y fruncen el ceño contrariadas.

La pulcritud que preside el recodo de la calle al principio les agrada a la vista, pero empieza a incomodarles la limpieza auditiva. Ya no se oye nada. Aquel silencio acaba por impedirles ejercer de correveidiles en el mercado, porque ya no saben qué fue de la hija de Toñi y sus tejemanejes con aquel chaval forastero tan larguirucho y desgarbado. El banco se había llevado consigo las montañas de pipas y a los desagradables insectos, pero también la razón principal por la que aquella recóndita calle siempre estaba viva.

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