Tiempo, siempre es el tiempo

«Tiempo, lo que nos falta siempre es el tiempo». Ya lo decían los hermanos Muñoz (sí, me refiero a los Estopa, sin duda héroes de la lírica de mi generación). El caso es que, a mí, como a tantos otros, siempre me falta el tiempo, que insiste en ser escaso especialmente por las mañanas. Al parecer, al tiempo no le gusta la aurora, ni el rocío, ni los gorjeos y graznidos de los pájaros tempraneros. Estoy segura de que el tiempo es un ave nocturna como yo.

Movida por la mala leche, la única emoción capaz de sacarme de la cama, me arrastro hasta la cocina mientras pienso en lo mucho que me molestan los dichosos pájaros cantores, el frío matutino y el obsceno timbre del despertador. Maldito sea el tiempo, me paso la vida luchando contra su rapidez o contra su excesiva lentitud, nunca se adapta al compás perfecto.

Reflexiono y me voy encabronando progresivamente mientras agito con efusividad la cucharilla contra las paredes de una maltrecha taza de café que tiene los días contados. De repente, una idea se atreve a emerger de entre las sombras de mi repetitivo mascullar enfurruñado. Pienso en que la tecnología debería servir para ayudarnos a conseguir el compás perfecto para el tiempo, porque su cometido no puede ser otro sino hacernos la vida más fácil, así que deberíamos centrarnos en combatir a nuestro mayor enemigo, o al menos al mío: el tiempo.

Desde hace unos meses, se ha impuesto el uso de la inteligencia artificial en el trabajo. Entre quejas y alabanzas con sus correspondientes idas y venidas de reuniones, al final la gerencia de la empresa decidió reunirnos para tranquilizarnos y convencernos de que nadie perdería su puesto de trabajo. Nos dijeron que la IA era una herramienta maravillosa que había llegado para facilitarnos la vida y que todo lo que debíamos hacer era ir adaptándonos poco a poco a las nuevas formas de trabajar. Sobre todo, incidieron en la cantidad de tiempo que nos permitiría ahorrarnos. A regañadientes, intenté convencerme de lo que para mí era la única ventaja de todo aquello: la promesa de mejorar la gestión del tiempo.

Pasaron los días y la inteligencia artificial definitivamente me estaba ayudando a reducir tiempo, sí, pero no de la forma que yo había soñado. Se mecanizaban algunas tareas, pero el tiempo que había ahorrado no podía emplearlo en leer más libros de filosofía o en aumentar los paseos por el parque, qué va. El tiempo restante, por el contrario, se invertía en desarrollar nuevas tareas cada vez más lejanas de la función para la que fui contratada. La IA redujo el tiempo que solía pasar pensando en cómo traducir ciertas estructuras o en indagar sobre terminología, pero aumentó el tiempo de revisión de las palabras a menudo inconexas que regurgitaba la máquina, y desde luego no se llevó consigo ciertas labores tediosas de gestión.

Como me temía, de momento la prodigiosa herramienta solamente había servido para aumentar la productividad económica a costa de la calidad del trabajo y del bienestar del personal. ¿Es la innovación tecnológica siempre sinónimo de progreso social? Me pregunto qué opinaría ChatGPT al respecto. Me intento tranquilizar pensando en que también hubo un tiempo en el que se temía por la pervivencia del teatro ante la llegada del entonces temido celuloide. Paradójicamente, solamente el tiempo (porque, recordad, siempre es el tiempo) nos dará respuestas efectivas al respecto.



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