La Mancha
«Es
el viento, el maldito viento solano, que saca a la gente de quicio». Raimunda,
encarnada por Penélope Cruz, se desespera cuando vuelve a su pueblo natal en Volver
(2006), la icónica película de Pedro Almodóvar y la más manchega de todas
sus obras, según el mismo director confiesa. Se trata de un homenaje a las
mujeres de esta tierra y a esta manera tan nuestra de convivir con la muerte
sin trazar una frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Al
igual que ocurre con los fantasmas, hay algo en La Mancha que no puede verse,
pero que indudablemente subyace y nos atraviesa. Es el espíritu de esta tierra
y son nuestros difuntos asomándose de vez en cuanto para asegurarse de que
seguimos cumpliendo la tradición, recordándonos que no debemos comer gachas
cuando las campanas tocan a muerto.
No
se ve, pero ahí está. Es ese silencio que solo rompe el viento cuando navega
entre vides, olivos y almendros. Hablando de viento, es casi obligado mentar a
nuestro hombrecillo más universal y a su fiel escudero: del viento, la locura;
y de la locura, la genialidad. No puede La Mancha ser sino cuna de grandes
creadores, puesto que la imaginación corre, en efecto, libre como el viento, pues
bien puede aquí campar a sus anchas.
La
exposición que inauguramos hoy nace como un homenaje de pintores manchegos con
diversas trayectorias y propuestas plásticas que, a través de una variada
panoplia de técnicas y partiendo de imaginarios muy distintos, rememoran las
raíces que nutren la base de su obra. Nos demuestran así que esta tierra no es
tan yerma como se empeñan en hacernos creer y que sigue siendo, ante todo,
fuente de inspiración para sus artistas.
No
somos los únicos que lo notamos. En 1911, Archer M. Huntington propuso al
célebre Joaquín Sorolla llevar a cabo un ambicioso encargo de catorce lienzos
para la Hispanic Society de Nueva York en los que debía capturar la
idiosincrasia de varias regiones españolas. La fiesta del pan (1913) es
una obra de trece metros de largo que representa personajes y paisajes de las
dos Castillas en una suerte de celebración ficticia.
Cuando
en una entrevista para El Heraldo de Madrid en 1915 preguntaron al
maestro valenciano por la región que más le había conmovido, respondió:
«[…] Hay en Castilla una honda, una
conmovedora melancolía. Las cosas adquieren allí un vigor extraordinario. Una
figura en pie en aquella planicie toma las proporciones de un coloso […]»
Joaquín
Sorolla no se refirió específicamente a La Mancha, pero aludió a la capacidad
conmovedora de la planicie a la hora de representar la psicología de aquellos a
los que retrataba. Podemos darnos por aludidos entonces: es esta tierra llana,
sin duda, el lugar perfecto en el que conmoverse.
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