Mamá, quiero ser viejo

Ser joven es como estar enamorado: en principio deseable, pero realmente agotador. Cuando era (más) joven, si es que habrá un día en que acabe este maldito estado presumiblemente transitorio, me molestaba mucho el descrédito que recibían mis argumentos por el mero hecho de haber salido de la boca de alguien que pertenecía al grupo de los jóvenes. A menudo eran desechados con terrible rapidez y desdén al grito de: «eres muy joven como para entender eso» o «eres demasiado joven, ya cambiarás de opinión».

Esta última frase en particular provocó una combustión espontánea en mis tripas, creo que he sufrido cólicos desde entonces. Para mi yo pasado, no había nada peor que el hecho de que sugiriesen que algún día cambiaría de opinión. El joven, el exaltado, el enamorado, no admite cuestionamiento alguno sobre su posición. Nadie podría mandar al frente a un joven dubitativo; las primera líneas de los movimientos revolucionarios no pueden estar colmadas de indecisos con voces entrecortadas.

Cuando uno es joven no puede ser tibio ni temeroso, sino estar alentado por la pasión y la rabia. Precisamente por eso es un estado transitorio, porque la juventud no puede durar más de un fin de semana en la analogía temporal de la vida. Lo contrario sería tan perjudicial para el organismo como comer pasteles a diario. La pasión y la rabia, paradójicamente, exigen moderación para no terminar pudriéndonos por dentro.

Yo me había hartado de oír a gente vanagloriándose de no haber cambiado nunca de opinión: «yo tengo casi cuarenta años y mírame, sigo fiel a mis principios». En su momento me parecía admirable que alguien hubiese navegado las olas del tiempo sin haber perdido nunca el control de su barca pese a las embestidas del mar embravecido. Creía que los pensamientos y las opiniones se escribían, como las tablas de la ley, sobre robustas losas de piedra que teníamos la obligación de conservar contra viento y marea.

Me di cuenta de que ya no era (tan) joven cuando aprendí que cambiar de opinión no tenía nada de deshonroso ni de veleta, sino que es la única forma de demostrar que estás aprendiendo. Envejecer, al menos intelectualmente, es desconfiar de quien nunca duda, de quien se acomoda en el dogma, de quien sigue adorando las certezas y solamente se rodea de coristas y cacatúas que repiten los mismos mantras con los que ya comulga. Es de necios pensar que uno nunca estuvo ni estará equivocado y que el mundo se divide en dos líneas perfectamente delimitadas que separan a los buenos de los malos. Otro síntoma de crecer es darse cuenta de que hay más ignorancia que maldad, y de que la verdad es un prisma poliédrico que no se ve igual por todos sus lados. La evidencia definitiva del cambio de etapa llegará el día en que tengas la necesidad de decirle a alguien más joven que tú: «tranquilo, ya cambiarás de opinión».

Comentarios

  1. Gracias por tus reflexiones Irene.
    Los escultores modelan sus piezas del mismo modo que el paso del tiempo lo hace silenciosamente con
    nosotros.
    No dejes de escribir!!.Te echamos de menos.

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