Mi reino por una estatua
«Hijo mío, en tus manos lego todo cuanto poseo, pero una única cosa te pido: asegúrate de que mi nombre no se borre de la historia. Dicha a ti y a todas las generaciones futuras que me honren y acudan a velar mi lápida. Pase lo que pase, háblale de mí a tus hijos, que el mundo sepa quién fui. No me olvides jamás». Este discurso o uno muy similar podría ser el que recogen habitualmente las crónicas o ficciones sobre personajes célebres que, resistiéndose a exhalar el último aliento, invierten sus últimos esfuerzos en lucubrar unas palabras lo suficientemente trascendentales como para que no puedan ser obviadas por sus herederos.
Llevamos miles de años deambulando sobre la faz de la Tierra, hemos recorrido miles de kilómetros y nos hemos asentado en los lugares más inhóspitos del globo terrestre. Unos garabatearon en las cuevas con pigmentos rojizos, otros afilaron utensilios para grabar en la piedra los primeros petroglifos. Unos lo hacían en Oceanía siguiendo los consejos de los expertos de la tribu, otros, de forma espontánea, hacían algo muy similar en el otro lado del mundo y, pese a lo que pueda parecer, las diferencias fundamentales no eran tantas. Nos aterra lo mismo y valoramos cosas muy similares.
Hay quien dice que el rasgo que distingue a los seres humanos del resto de criaturas que pueblan este mundo es el lenguaje. Otros afirman que se trata de la imaginación y la creatividad, y unos cuantos aluden a la inteligencia en sí misma o a la suma de todo lo anterior. No hace falta extenderse en esta enumeración, hay miles de estudios de gente mucho más concienzuda al respecto. Pero, si me preguntasen a mí, sin más información que lo que pueda observar, creo que nuestro rasgo más distintivo es la insistencia por permanecer, la obsesión atávica por recordar y ser recordados.
Al parecer no somos los únicos animales con ritos funerarios. Algunas especies, como los elefantes o los chimpancés, pueden apenarse por la muerte de sus familiares e incluso llegar a velarlos, pero pasado un tiempo prudencial los dejarán expuestos al aire libre para que se reconcilien con el ciclo vital y sirvan como alimento a los siguientes que vendrán. Nosotros somos los únicos que nos afanamos en conservar los restos de nuestros compañeros fallecidos, los necios que, a sabiendas de que no podemos ganarle el pulso a la muerte, nos resistimos al futuro final. Los enterramos, los embalsamamos o incluso los quemamos, pero, al fin y al cabo, necesitamos despedirnos y honrarlos. Nos queda la esperanza de creer que estarán en un lugar mejor o, en el peor de los casos, de que al menos ya descansan del duro bregar, como reza la lápida de Miguel de Unamuno.
Nos enfrentamos como podemos al castigo del tiempo y nos negamos a que nos quiten lo más sagrado, que es la certeza de que un día estuvimos aquí, de que fuimos amados y odiados, de que creamos y destruimos cosas, de que dejamos de una manera u otra nuestra impronta en el mundo que nos rodea. Da igual si no hemos sido especialmente conocidos o si nuestra vida no cuenta con más de un puñado de anécdotas reseñables, pues la guerra contra el olvido no entiende de heroicidades y todos combatimos en ella.
Así pues, los romanos tenían un castigo que era el más cruel de los ataques a la dignidad humana, la peor de las suertes, lo que jamás debería suceder: ser olvidado. Se trataba de la damnatio memoriae (aunque este nombre se acuñó muchos siglos después). El condenado, por decisión oficial del Senado o en algunos casos por aclamación popular, debía ser eliminado de todo registro. Su nombre se eliminaría de los miliarios raspando la piedra hasta hacerlo ilegible, se desfigurarían o destruirían las efigies en su honor, su cara sería borrada con saña de los retratos y, por supuesto, su nombre no se mencionaría en las oraciones y plegarias a los antepasados. Incluso se le podía aplicar la rescissio actorum, que implicaba el borrado de todo su legado artístico o la abolitio nominis, sentencia por la cual su nombre no podría pasar a sus hijos o herederos.
Este castigo estaba reservado generalmente a los emperadores, cuyo mandato se analizaba tras su muerte. Por el contrario, si el balance era extremadamente positivo, incluso podían divinizarse y alcanzar la mayor de las glorias: ser eternos en la memoria colectiva (la apoteosis o consecratio). Cabe destacar que los romanos no fueron la primera civilización en emplear un castigo de estas características, ni tampoco los últimos.
Hacemos cualquier cosa por no ser olvidados. Esta obsesión es todavía más evidente en el caso de grandes mandatarios y personas ilustres, todos aquellos con dinero para pagar estatuas en su nombre o con suficiente agencia como para que sus rostros se incluyan en tablas y cuadros, como fue el caso de los donantes que se popularizaron durante la Edad Media y el Renacimiento. Aquel que financiaba la obra podía también desafiar las leyes del tiempo y la perspectiva para aparecer ataviado al estilo contemporáneo y mostrarse en actitud orante al lado de personajes religiosos relevantes. Se solía mantener la perspectiva jerárquica, según la cual, por cuestiones de humildad, el donante aparecía en un plano inferior o representado a menor escala que los personajes principales. Resulta curioso apuntar que los mecenas y comerciantes flamencos del Renacimiento, en pleno auge del antropocentrismo, serían los primeros en prescindir de esta perspectiva jerárquica (dejaremos la relación entre poder, vanidad y memoria para otra reflexión).
Así podríamos seguir dando ejemplos de costumbres a lo largo del tiempo y del espacio para constatar lo que ya es obvio: el ser humano no quiere ser olvidado. He debatido sobre este tema con ciertas personas para fundamentar mis sospechas con cierta evidencia empírica, y me sigo asombrando de las respuestas. Un día alguien cercano me dijo que no tenía miedo a la muerte en sí, ni siquiera a sufrir. Lo que temía realmente es que no hubiese nada más, que morir fuese realmente el fin de su existencia y terminar siendo olvidado. ¡Nada más! Y qué más quieres, pensé yo. Tengo justo el sentimiento contrario. Que lo mejor que tiene la vida es saber que no es eterna y, además, que nada de lo que hacemos es tan relevante.
No es porque no aprecie la vida, sino todo lo contrario. Solamente se puede vivir en plenitud si uno es consciente del fin y actúa en consecuencia. El que se cree eterno puede terminar su viaje demasiado rápido, por temerario, o por el contrario arrepentirse en su lecho de muerte por no haber disfrutado lo suficiente. Por otro lado, podría haber cierta relación entre la obsesión por persistir y la vanidad. Uno es quien es en tanto que otros lo reconocen como tal. Si nadie me reconoce, si todo el mundo me olvida, ¿quién soy entonces? ¿qué me queda?
Ya lo dijo Antonio de Guevara en su Libro Áureo de Marco Aurelio (1528), quien precisamente, pese a su narrativa moralizante sobre la vanidad, dijo basarse en escritos latinos para dar empaque a su obra literaria, un éxito en la época que fue en realidad fruto de su capacidad inventiva: «La mayor vanidad que hallo entre los hijos de la vanidad es, no contentos ser vanos en la vida, procuran haya memoria de sus vanidades después de la muerte».
En nombre de la memoria se han hecho grandes hazañas y también ha sido el origen de desenlaces fatales. Todo lo que hacemos, como seres sociales que somos, está íntimamente relacionado con la reacción que causará en nuestro alrededor, incluso el hecho mismo de morir. Uno podría achacarlo a la vanidad, o quizás no sea más que un mecanismo mental de supervivencia en el homo sapiens: una manera de sobrellevar la idea de la muerte o de intentar hacer todo lo posible en vida para que, después de morir, nuestro nombre siga siendo causa de honor y prestigio social para nuestros descendientes. La memoria, al fin y al cabo, no es más que nuestra vara de medir en relación con el lugar que ocupamos en el mundo.

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