Almendros sin flor
Ese aire gélido en la nuca me va a acabar matando. Sopla, sopla y no deja de chillarme en los oídos. No entiendo nada de lo que dice, pero debe de ser algo horrible. Cuando se calla y me deja pensar, cierro los ojos y apareces otra vez dibujado en mi frente. Al principio solo eres una forma borrosa e inofensiva, pero poco a poco tu figura se revela cada vez más nítida y amenazante. Se me encoge el pecho y se me caen todos los pétalos. Siempre que apareces, las cosas se tuercen. Las nubes empiezan a revolotear como abejas asustadas y se mueven frenéticas en el cielo, hasta que al fin se agotan y se desvanecen por completo. No entiendo muy bien lo que está pasando. Veo una urraca posada sobre el tendido eléctrico que se está riendo de mí. El resto de pájaros huyen en desbandada, no quieren saber nada de todo este asunto.
Creo que voy a buscar respuestas en el suelo; el cielo y las criaturas emplumadas me están abrumando. Los insectos y los pequeños reptiles parecen tranquilos e impasibles ante mi presencia. Hay ríos y ríos de hormigas que siguen su curso habitual, no van a incumplir su horario laboral para ayudarme. También veo lagartijas al sol que cuchichean despreocupadas, no quieren interrumpir el descanso para discutirse las presas con los impacientes saltamontes. «Ya se cansarán y será nuestro turno», le susurra una a la otra. Hay moscardones estruendosos y alguna que otra libélula descarriada. Un escarabajo pelotero llega hasta mis pies y, cuando alza la vista, se asusta porque le parezco muy alta. Aletea contrariado y me dice que por aquí no es.
Decido esperar a que caiga la noche, por si te escondes junto a las ginetas. Sé que si me encuentro con algún tejón no va a querer decirme nada, siempre son muy reservados… Y hoy no son los únicos. Es como si el bosque estuviera de luto, todo el mundo esquiva mi mirada y hace oídos sordos. Una lechuza ladea la cabeza con ternura y por un momento parece que vaya a apiadarse de mí, pero no, tampoco está dispuesta a ayudarme. Me pongo a escarbar en la tierra para ver si las lombrices saben algo. Nada, no ha habido suerte, ni rastro de ti. Me he llenado las uñas de mugre inútilmente y mi nuca sigue fría como un témpano de hielo. Creía que la frustración sería suficiente para mantenerme despierta y continuar mi búsqueda, pero Morfeo viene a verme y me rindo en sus brazos.
La mañana espanta a las musarañas que andaban tejiendo mis pesadillas y por fin veo las cosas con claridad. Respiro tranquila y vuelvo a imaginarte una vez más: tus ojos oscuros eran piedras de azabache, a saber a quién se las robaste. Tu mandíbula era afilada como las hojas de acebo y un poco más abajo sobresalía una nuez osada que subía y bajaba constantemente, como saltando en un trampolín. La forma de tus orejas no la recuerdo con exactitud, pero creo que no andaban demasiado despegadas de la cabeza. Me arrepiento de no haber contado todos los lunares que acampaban en tu piel, ahora ya es tarde para hacer un mapa. Lo que jamás he olvidado es cómo sonaba tu voz, que siempre parecía que sentenciaba, como el sonido que hace el agua cuando llega al final de la cascada. También sé que tus manos eran callosas e inquietas, eso lo recuerdo muy bien.
Te he buscado de día y de noche, con ruido y en silencio, durante el sueño y en vigilia. Dispuesta a agotar todas las posibilidades, pensé que solamente me quedaba buscarte a través del tiempo, pero no se puede deshacer lo andado. Los almendros que había en el jardín en que nos conocimos ya no están en flor, y nosotros tampoco. Las cosas que nos dijimos ya no viven ni en tus oídos ni en los míos. Las miradas que cruzábamos ya están en otro cruce de caminos. El suelo que pisábamos ahora luce cubierto por piedras y bichos de otros colores. Todos me lo estaban diciendo a gritos, pero he desatendido los consejos y todo atisbo de evidencia. Por andar persiguiendo sombras, eran cada vez menos agudos mis sentidos. Mi vista me engañaba y mis oídos ya no podían distinguir los ecos del pasado de los gritos del mundo vivo.
Piet Mondrian. Bosque cerca de Oele (1908). Kunstmuseum den Haag.

Cómo siempre Irene haces que tus lecturas nos hagan penetrar en paisajes, sentimientos y reflexiones.
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