¡Ay, sus ojos!
Los ojos son el principio y el final de todas las cosas. Me atrevo a hacer esta afirmación tan categórica porque, si no fuera cierto, no sería tan recurrente su presencia a lo largo y ancho de toda la historia del arte, y en particular de la literatura, la música y el cine. El arte no es más que el hermoso tamiz por el que necesitamos filtrar todos los miedos y anhelos del ser humano para ser capaces de afrontarlos, y los ojos tienen, como pocas otras cosas, la ambivalente capacidad de enamorarnos o atemorizarnos.
Sería imposible hacer una lista pormenorizada de todos los escritores que han encontrado la inspiración en los ojos de un ser amado y que han tenido a bien plasmarlo en papel. Uno de ellos fue Miguel Hernández: «Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos, que son dos hormigueros solitarios». Hemos leído estos versos una y otra vez en los colegios y nos hemos imaginado los ojos que nos venían en gana, ese es el gran regalo que nos concede la literatura. Un escritor nos hace partícipes de sus palabras para que podamos cambiar los protagonistas del baile de letras, y no hay mayor alarde de generosidad.
Tanto más de lo mismo con todos aquellos cantantes que han aclarado la voz una y otra vez para que no pareciera temblorosa a la hora de dedicar las canciones más bellas a los ojos que eran dueños de sus desvelos. Algunas canciones, incluso, nos han querido prevenir de lo peligrosos que pueden llegar a ser, de todo lo que son capaces de decir. «No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, mienten siempre». Así nos advertían Golpes Bajos en los años 80. Malos tiempos para la lírica, que dirían ellos. Siempre son malos tiempos para no andar con los ojos bien abiertos.
En efecto, no todos los ojos son tiernos e indulgentes. Los hay que pretenden intimidar y marcar el territorio. ¡Menuda osadía! De entre todos los órganos, los ojos siempre han sido los más atrevidos. Hay miradas que han marcado un antes y un después en la gran pantalla, y me remito a la escena final de El bueno, el feo y el malo. Revólver por aquí, revólver por allá, pero resulta que nunca hubo un arma tan hiriente como los ojos. De todas formas, no hace falta viajar hasta el viejo oeste americano para sentir miedo por una mirada: todos hemos temido la que nos lanzaba nuestra madre desde el otro lado del pasillo cuando abríamos la puerta con sigilo un par de horas más tarde de lo previsto. También hay ojos que hacen daño de formas más sutiles y que pueden derrumbarnos solamente con dejar caer unas lágrimas; parece mentira que ese pequeño riachuelo plateado sea capaz de rompernos el corazón.
La versatilidad de la mirada parece cosa de magia. Si uno visita el Museo Arqueológico Nacional en Madrid, no debería irse sin detenerse ante el Ídolo de Extremadura. Se trata de un ídolo oculado, un tipo de esculturas prehistóricas del calcolítico. Es un cilindro antropomorfo de alabastro en el que se pueden distinguir con claridad unos enormes ojos redondos y lo que parecen unas cejas, pelo y una especie de tatuaje facial. No está claro si estas representaciones estaban relacionadas con alguna divinidad, con rituales funerarios o si quizás servían como delimitación territorial. En cualquier caso, lo más destacado, y lo que da nombre a la figura, son los ojos. De entre todas las cosas que podrían representar a un ser humano, elegimos siempre los ojos. ¿Cuánto tiempo llevamos sin poder escapar de su poder?
De hecho, hay ojos que son como cárceles. Sí, todos conocemos a alguien que estuvo preso y condenado a perseguir una mirada. ¡Cuántos años se han perdido por unos ojos! Por suerte, también los hay que son amables y reconfortantes, tibios como el sol de invierno, como una mecedora de patio. Yo me he dormido en más de unos ojos, y me he dejado arrullar por ellos hasta que cesase lo peor de la noche.
Hay ojos a los que les gusta incluso jugar a ser animales, en concreto garrapatas. Se aferran a la nuca y uno es incapaz de quitárselos de encima. Sí, yo he tenido ojos enquistados en la nuca, en la parte trasera de mi cabeza, en los bajos fondos de mis recuerdos, y de vez en cuando me asaltaban como perros hambrientos. Hubo un tiempo en que hice todo lo posible para librarme de ellos, para que me dejaran descansar, pero no hubo manera. Cuando menos lo esperaba, cuando el olvido parecía haber hecho bien su trabajo, esos iris mezquinos de color miel se me revelaban en sueños. Lo peor era lo que traían consigo: una esperanza vana de encontrar en ellos algo distinto si seguía contemplándolos solo un rato más, si seguía soñando con volver a verlos.
Fotograma de El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966).

Ojos q transmiten y ojos que permiten.Que nuestros ojos puedan seguir permitiéndonos leer lo que tú nos transmites con cada relato.
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