Nemini parco
Cuando visité el Monasterio de Uclés, me quedé impresionada por un pequeño relieve en madera. No fue la relevancia histórica, ni la monumentalidad del conjunto, ni siquiera la singularidad del enclave, lo que me dejó pensativa, sino un pequeño busto tallado en uno de los casetones que componen el techo de una sala conocida como el refectorio. En la primera fila de este precioso artesonado característico del siglo XVI, hay treintaiséis bustos de caballeros de la Orden de Santiago, presididos por Carlos V portando los atributos imperiales. Si uno va pausando la vista en cada uno de los bustos, acabará dándose cuenta de que solamente uno de ellos está descarnado.
Se trata de la figura cadavérica que representa al caballero conquense don Álvaro de Luna. El esqueleto, con capa y corona, está rodeado por una curiosa leyenda: VOS QUI SECURA PRECEDITIS MENE PARVN SIS TI E NVNC QVESO ET VERBA NOAE MEA. La traducción viene a decir algo así: «Vosotros, los que os tenéis en algo, deteneos ahora un poco, os ruego, y considerad mis palabras». Esas palabras, que flanquean solemnes la pobre figura, son un lema que se popularizó en la literatura medieval como alegoría de la muerte: NEMINI PARCO (No perdono a nadie). Se dice que el condestable, que murió decapitado y acusado de traición después de haber sido uno de los hombres más influentes de Castilla, no gozaba de buena reputación entre sus congéneres, así que se le representó de esta forma funesta a modo aleccionador para recordar la importancia de permanecer fieles a la monarquía.
La muerte es, una vez más, la gran vara de medir. Todo lo que hacemos tiene mayor o menor relevancia dependiendo de si nos acerca o nos aleja de la temible portadora de la guadaña (la gran cantidad de alegorías que hay sobre la muerte también dice mucho de su condición de ente innombrable, todo sea en pos de no invocarla). Cuando algo tiene poca importancia y queremos aludir a su intrascendencia, ponemos énfasis en lo lejos que se encuentra de lo grave del morir, y decimos cosas como: «No te lo tomes tan en serio, todo tiene remedio menos la muerte». Sin embargo, cuando algo es sumamente importante y podría incluso acercarnos a ella, aunque sea de forma metafórica, espetamos: «¡Este asunto es cuestión de vida o muerte!».
Lo importante, en cualquier caso, es guardarnos de ella, llevar cuidado, pues nos espera al final del pasillo o al otro lado del río. A menudo, en la cultura occidental se la representa como funesta, tétrica, algo a lo que temer, el fin de todas las cosas. Muchos, como el que encargó el busto de don Álvaro de Luna, la utilizarán incluso como recordatorio de que es el escarmiento último y definitivo… Pero no todas las connotaciones son negativas. También es la gran igualadora, la perfecta demócrata. Es la misma para creyentes y ateos, leales súbditos y prófugos de la justicia, adinerados y empobrecidos. En lo demoledor de su certeza, hay cierta dosis de alivio. En cualquier caso, no hay mayor consuelo que pensar que no tiene por qué ser el fin y convencernos de que podemos ganarle la partida. Es el gran lema de muchas religiones. «La muerte no es el final», como reza el himno de Cesáreo Gabaráin. Temed a la muerte, temedla en vida, rezad mucho, sed buenos siervos, y así hallaréis la vida eterna y no habrá final posible para vosotros.
Unamuno, en El sentimiento trágico de la vida (1913), entre otras disposiciones sobre la condición espiritual del ser humano, pone en duda la eficacia del racionalismo a la hora de enfrentarse a la incertidumbre, pero a la vez certeza, que supone nuestro encuentro con la muerte. Alude a nuestra capacidad volitiva: lo importante no es creer o no en Dios, sino querer que exista, pues como afirma:
Nadie ha conseguido convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futilezas mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista.
A fin de cuentas, y en palabras de existencialistas como Heidegger, la muerte es el acontecimiento esencial en la aventura humana. Como yo lo entiendo, e independientemente del consuelo o justificación al que decidamos aferrarnos para lidiar con su presencia, todo lo que hacemos se entiende por la forma en que nos relacionamos con la muerte y ante la evidencia, más o menos patente, de que nos ronda y nos frecuenta. Es curioso analizar cómo hemos pasado de vivir bajo la amenaza constante de la espada de Damocles, viendo la muerte a cada paso cuando éramos una sociedad menos avanzada y por ende más acostumbrada a ella, a negarla hasta el punto de creernos eternamente jóvenes y mostrarnos ciertamente sorprendidos cuando la vemos pasar.
El avance tecnológico puso sobre la mesa la problemática de tener la muerte tan cerca, en el sentido más literal. Fruto de la revolución industrial, aumentó el éxodo rural y se elevó significativamente la población en las ciudades, con la consiguiente proliferación de epidemias y problemas de salubridad pública. Aumentó la concienciación sobre la importancia de la higiene y surgió la necesidad de una ampliación urbanística, de mejorar el alcantarillado y, en general, de conseguir una ciudad más amplia y racional, acorde con los principios higienistas de la Ilustración. En este contexto, en 1787 el rey Carlos III emite una Cédula por la que se prohíben los enterramientos en las iglesias y se establece que los cementerios deben construirse a cierta distancia del núcleo urbano. Pese a la ordenanza, en España esta costumbre persistió hasta bien entrado el siglo XIX.
En definitiva, y pese a la reticencia inicial de los españoles, la muerte se relegó a extramuros. Primero en sentido estricto y literal, y luego también en lo espiritual y en la conciencia colectiva. Poco a poco, nos hemos ido acostumbrando a su presencia residual y silenciosa en nuestra sociedad, hasta el punto de que nos acercamos al cementerio lo justo y necesario, ya ni siquiera para día de Todos los Santos o en el de los Fieles Difuntos. La muerte nunca fue bienvenida, pero tampoco la habíamos mantenido tan a raya; jamás fue una extraña. Siempre fue cruel, pero nunca tan sorpresiva como ahora. Habernos desacostumbrado a su presencia, pese a las ventajas obvias, también tiene su parte negativa, pues uno es temeroso de lo singular, de lo que le es ajeno, de aquello que no forma parte de su cotidianeidad.
Los estoicos apelarían al memento mori como antídoto contra el mal que nos aqueja al pensar en la muerte, en la batalla final. Debemos recordar que vamos a morir, pero no para atormentarnos, sino para aprovechar al máximo la vida, relativizar los problemas y buscar nuestro lugar en el mundo. Hay que actuar con virtud en todo aquello que podamos controlar y asumir lo que escapa a nuestro control para no maltratarnos con preocupaciones irresolubles y centrarnos así en lo importante. Quizás esa sea la gran enseñanza que nos deja la muerte y su lado más amable. Cuanto más prevenidos estemos sobre su venida, más en serio nos tomaremos la vida.
Grabado de Gustave Doré. La vision de la mort (c. 1868). Colección privada.

Chapó, Irene, me encanta poder leerte. Sigue escribiendo tan bien como lo haces
ResponderEliminarMuy bien
ResponderEliminarEsta muy bien y actual
ResponderEliminarSesuda reflexión. Que bueno en escribes Irene. Sigue escribiendo así.
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