Lo que no existe más

Nunca fui una gran fan de Andrés Calamaro ni conozco al completo su discografía, pero hubo un día en el que llegó hasta mi MP3, fruto de la casualidad con la que se descubría música antes de las plataformas digitales, y pasé unos años escuchando compulsivamente un disco en directo que grabó junto a Fito y Fitipaldis. Recuerdo con especial cariño la canción Lo que no existe más. Aquella frase me parecía de una potencia poética brutal, y ahora entiendo que quizás es por ese brillo inusual que adquieren todas las cosas que proceden de lo espontáneo, y porque era a priori intrascendente, así que no había sido objeto de lucubraciones sesudas y absurdas. Hay muchas cosas que ya no existen, pero tampoco han podido irse del todo porque todavía destilan un ligero aroma, aún no han perdido el nombre y, claro, en esas condiciones, no es de recibo enterrarlas.

Pero, en el fondo, no existen más. No pueden seguir existiendo de la misma forma en la que existieron plenamente un buen día, tiempo atrás. Lo que no existe más es el adolescente melenudo que fuiste, los años en los que tus padres eran el enemigo que batir, las preocupaciones que hoy te parecen nimiedades, la persona que eras con los amigos que tenías y que hoy ya no forman parte de tu vida. No puede ser, simplemente, porque ese adolescente que recuerdas con nostalgia, o que quizás te causa pudor y rechazo, ya no existe más, pero tampoco se ha ido del todo.

Puedes intentar convencerte de que has cambiado tanto que ya ni te reconoces, o por el contrario seguir diciéndote, día tras día, que sigues siendo el mismo y que nada ha conseguido hacerte cambiar, que tu esencia permanece, aunque pases más tiempo en el box de crossfit que en salas de conciertos, o a pesar de que ahora te preocupe coger un resfriado porque sabes que tardarás más tiempo en recuperarte. En cualquier caso, eres el mismo, pero en realidad ya no existes más.

Eso también me hace pensar si realmente podemos amar a una persona por mucho tiempo, o si no estamos más bien proyectando ese sentimiento sobre un espejo del pasado que nos devuelve solamente el reflejo que estamos dispuestos a admirar. ¿Te quieren a ti o quieren a alguien que ya no existe más? Quizás haya quien se enamorase de tu “yo” de los 20 años y que se haya vuelto a enamorar de ti otras tantas veces con el paso del tiempo, de las distintas formas de ti, y que haya decidido acompañarte durante tus mutaciones sin rechistar, mientras contemplaba de mejor o peor grado el proceso de cambio.

Puede que haya quien no aguante esta evolución, o involución, y deje de quererte cuando cambies de fase, cuando la persona en la que estabas abocado a convertirte ya no devuelva el reflejo del que fuiste ayer… ¡Porque no existes más! No pasa nada, ninguno de nosotros lo hacemos. Por eso es tan difícil tener la paciencia y el coraje necesario para acompañar a alguien durante toda la vida, porque conservar a los mismos amigos, a los mismos amores o las mismas costumbres significa que deberás volver a enamorarte de todos sus matices para sigan existiendo, o porque tendrás que convencerte de que el cambio no ha sido tan aberrante como dejarlos ir y que no existan más.






Comentarios

  1. Si al noble arte de la narrativa se le une el de la oratoria tenemos una combinación tan difícil como perfecta.Ambas artes se unen en tu persona.
    Gracias por permitirnos disfrutarlas.

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