¡A cubierto!


Ya no se secan los cubiertos, no es necesario. Qué manera de perder el tiempo. Qué importa que queden, como decían en mi casa, relejosos, si en unas horas los volveremos a usar, habrá que lavarlos otra vez y aparecerán de nuevo las marcas del agua. Es suficiente con colocarlos en el escurreplatos. Es más, si no lo tiene todavía, debería usted hacerse con un lavavajillas. Definitivamente, no sirve de nada invertir tiempo en secarlos para que duren relucientes apenas unas horas al día. Tardé muchos años en darme cuenta de que no había entendido nada en absoluto.

Recuerdo ver a mi abuela sentada a la mesa, una de esas mesas con un tapete blanco de ganchillo cubierto por un cristal. Extendía un trapo encima y sobre él iba colocando los cubiertos uno a uno, espaciados entre sí, como el que hace galletas y deja un hueco prudencial esperando que se expandan. Los cubiertos no iban a hacer tal cosa, pero, aun así, tenían su espacio, no iban a ser tratados con menos delicadeza que un puñado de harina o azúcar. Una vez estaban todos secos, cuando parecía que iban a ser expuestos en una vitrina, se recogían en un manojo y se colocaban en el cajón correspondiente, clasificados, cómo no, por tipo de cubierto: tenedores por un lado, cuchillos por otro, cucharas aquí, cucharillas allá.

La utilidad de esta tarea, hoy tan cuestionable, para muchos podría relacionarse con el papel que desempeñaban las amas de casa tradicionales. Todo el día hacendosas, invirtiendo cada minuto de su tiempo en conservar el valor de su templo y en definitiva de su honor, que debía salvaguardarse de cualquier comentario hiriente que pudiera esparcir por el barrio una vecina cotilla que viniese a pedir sal y, de paso, a fijarse en que los cubiertos estaban relejosos. «Vaya tipa, todo el día en casa y no puede siquiera dedicarle un momento a secar los cubiertos…». Una sinécdoque como un piano. La parte por el todo. Si no puede encargarse de los cubiertos, ¡imagínese de lo demás!

Sin embargo, tras las cortinas de las imposiciones sociales, si se presta la suficiente atención, se puede observar que mi abuela tenía algo muy valioso que, podría invertirse con mayor o menor sabiduría, pero que hoy en día es mucho más escaso: el tiempo. Se supone que ha estado siempre con nosotros desde que aprendimos a medirlo, aunque no exista de forma palpable y no sea más que nuestra manera de ubicarnos en el universo, de llevar la cuenta. Pero yo estoy convencida de que no tenemos el mismo que hace unos años, de que cada vez hay menos. ¿Acaso antes no se trabajaba incluso más horas al día? ¿No eran las tareas del hogar más laboriosas por no contar con electrodomésticos y los viajes mucho más largos? Pero, sin embargo, había más tiempo. ¿Cómo puede ser?

El caso es que no tenemos tiempo y nos volvemos cada vez más selectivos a la hora de decidir en qué queremos invertirlo. Cualquier actividad poco productiva, entendida como aquella que no tiene un fin en sí mismo, y que no nos va a conducir a obtener un beneficio sustancial, es considerada una pérdida de tiempo. Sí, de ese tiempo tan preciado que apenas tenemos. Hay que invertirlo en cuidado personal, en mejora física, en cultivo espiritual, compatibilizarlo con el trabajo y la vida social y, en definitiva, seguir a rajatabla una estricta agenda que nos dicta, como un oráculo, qué debemos hacer en cada momento para que no ocurra la peor de las desgracias: perder el tiempo.

No seré yo quien abogue por invertir horas y horas ojeando las redes sociales, esa no es mi oda al tiempo perdido. Lo que digo es que nos sorprenderíamos de lo profundamente gratificante y necesario que es, a priori, no hacer nada. Al principio, requiere cierta concentración aprender a parar y ser capaces de observar. Para empezar, puede dedicar la tarde libre a llevarle unas galletas a un ser querido para que se desahogue contando lo frita que le tiene la niña, que está en la edad del pavo. Después, dar un paseo por el pueblo para darse cuenta de que el olor a chimenea y estufa en un día de invierno se sigue impregnando en el pelo como lo hacía cuando éramos niños. Entre tanto, puede que escuche a unos hombres discutir sobre cuál es el mejor lugar para ir a coger mizclos, o níscalos. Hoy usted habrá hecho poco, mañana poco más. Es bonito observar la fuerza de lo perenne en medio del vendaval de hojas secas que se volarán en cuanto lleguen los vientos de cambio.


Fotografía de archivo personal


Comentarios

  1. Bonita y profunda reflexión.
    Nunca dejes de escribir.
    Gracias por hacernos partícipes de tus relatos.

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  2. Irene, sin palabras. ¡Que tiempos aquellos...!!!
    Ese tiempo, aquellas mujeres y aquella vida en la que los derechos no estaban asignados a las mujeres. No has podido reflejarlo mejor. Eres una crack.
    Sigue escribiendo porque yo seguiré leyéndote

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