El poder del vilipendio

Vilipendiar significa tratar con vilipendio a alguien, es decir, hacer uso de la palabra para despreciar, denigrar o difamar. Es la forma de conferir al presumible don de la palabra la capacidad de herir; usar la pluma como daga. Sin embargo, parece un contrasentido por definición, ya que un don, del latín donum, doni, es algo que se da, un obsequio o regalo, aunque, en este caso, probablemente no sea del agrado del receptor. Bien es sabido que no hiere quien quiere, sino quien puede. Para ello, primero se necesita un arma puntiaguda y después una piel que se deje atravesar. Lo segundo es más fácil de encontrar, sobre todo en estos días de hastío, desazón y abatimiento mental: la piel es más fina que nunca y puede cortarse como mantequilla templada. Lo primero, sin embargo, es una habilidad difícil de desarrollar.

La capacidad de usar la lengua en toda su plenitud es un poder que hay que aprender a custodiar, como quien hereda una preciosa y mortífera espada y debe hacerse con una buena vaina y un altillo para mantener el filo a buen recaudo, lejos del alcance de los niños. Cuídate bien de aquellos que llevan el arma desenvainada, los que exhiben su destreza sin pudor, esos que escriben los mejores poemas y cuya prosa consigue emocionarte hasta llorar. Antes de que te des cuenta, ya habrán llegado a la altura de tus entrañas. ¡Ay de ti si su alma se torna ponzoñosa! Pues su lengua empezará a dividirse hasta hacerse bífida y su pluma se afilará para convertirse en la más mortal de las armas.

Vilipendiar no es insultar, qué va, es mucho más peligroso. El buen vilipendio tiene la capacidad de causar admiración y desasosiego en una sola estocada. Es como un gesto cándido que segundos más tarde se revela traicionero: un beso de Judas, un vaso de cicuta… En definitiva, un golpe inesperado y certero. Vilipendiar consiste en el uso ingenioso pero viperino de las palabras, la construcción cautelosa de una estructura sintáctica y semántica para convertirla en un castillo magnífico que no alberga grandes salones ni riquezas, sino mazmorras llenas de quina.

Sin embargo, ser capaz de vilipendiar sin caer en lo zafio y lo vulgar es como un ejercicio de funambulismo en el que la más mínima dubitación y requiebro pueden hacer que el espectáculo termine siendo un ridículo espantoso. El vilipendio, además, como todo arte, busca el aplauso del público. Aunque el objetivo aparentemente principal sea el de herir al receptor, el buen vilipendiador también se jacta de causar admiración en el lector o espectador gracias a su implacable ejecución del vilipendio. ¡Cuídate pues del buen orador, del buen escritor, del mago de palabras!

Comentarios

  1. Tan deseosa de leer cada uno de tus escritos que los comienzo tan ávidamente obligándome a releerlos de nuevo para saborearlos tranquilamente.
    No dejas de sorprenderme
    Tu fiel admiradora.

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  2. Don es el que tienes escribiendo, que manera de narrar, me encantan tus relatos, sigue así por favor!

    Un cordial saludo

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  3. Me encanta como transmites las ideas y tu forma tan depurada de narrar, eso sí que es un don. Esperando el próximo relato

    Sigue así por favor,
    Un cordial saludo

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  4. Como siempre.... sorprendente. No imaginas cuanto me gusta leerte. Espero con anhelo tu publicación.

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