Una sanabresa de altura

Siempre me pareciste mucho más alta de lo que eras en realidad. Tengo el recuerdo de erguir notablemente la barbilla para poder encontrarte los ojos, a pesar de que los infantes están acostumbrados a este gesto, pues la mayoría de gente que les rodea les sobrepasa en altura. Mi madre decía que para ser mujer eras bastante alta, pero para mí era más que una cuestión de centímetros; era como una sensación, y pensaba que la anchura de tus hombros sería suficiente para cobijarnos a todos en un día de tormenta. Cuando era niña me parecías una persona altísima, y me lo sigue pareciendo ahora a pesar de que mido medio metro más que cuando te conocí y de que puede que los años te hayan hecho menguar. Parece mentira, pero han pasado más de 20 años desde que tu altura me sorprendió por primera vez.

Ahora entiendo que siempre serás altísima a pesar de lo que indique el metro de la farmacia. Cuando era pequeña y mi madre nos anunciaba que vendrías a casa, mi hermano y yo nos mirábamos con complicidad y exclamábamos casi al unísono: «¡Que viene Manoli!» Y empezábamos a revolotear como polillas desorientadas. Sabíamos que tu presencia era sinónimo de unos grandes achuchones, de que nos revolcarías por el suelo y, lo que era más importante para mí, de que nos contarías historias increíbles. Yo intentaba sentarme a tu lado a la hora del café y observaba atentamente el movimiento de tus manos, robustas y experimentadas, el chasquido de los anillos al entrechocar, el uso distinto de los verbos y el peculiar sonido de la ene velar que pronunciáis los del noroeste (a este fenómeno le pongo nombre ahora después de unos cuantos años, claro, pero ya era capaz de percibirlo entonces).

Hoy, lo que me parece inaudito es que no hubiese ni un ápice de ficción en todo lo que nos contabas. Los adultos suelen aprovechar la ingenuidad de los niños para añadir heroicidad y dramatismo a sus anécdotas y, cuando crecemos, nos damos cuenta de que no eran para tanto. Contigo me pasa lo contrario. Cuando vuelvo a escuchar tus historias de adulta, y además me entero de unas cuantas que por aquel entonces todavía no tenía edad de escuchar ni de comprender, me impresiono más que la niña que un día fui. ¿Cómo es posible haber vivido mil vidas en una sola, haber sobrevivido a tanto, haber tenido el coraje y el carácter para perseverar de esa manera? Dicen que a fuerza de repetición acaba muriendo el asombro, pero yo sigo quedándome boquiabierta cada vez que pienso en ti.

Creo que entiendo mejor tu historia ahora que también comprendo el condicionamiento de haber crecido en la España rural de los años cincuenta, y no en cualquier zona, sino en una comarca que todavía a día de hoy sigue siendo una gran desconocida. A veces pienso que quizás sea mejor así, porque el hombre de ciudad es como un rey Midas que, en vez de en oro, convierte en cemento y asfalto todo lo que toca. Una de las cosas que más me sorprendía es que de niña todavía fueses a por el pan a caballo al pueblo de al lado, que fueses capaz de montarlo de pie, que en alguna ocasión durmieras a la intemperie para guardar el ganado, cuando hoy nos parecería impensable encomendar esa tarea a un menor (dejaremos para otra día cómo ha cambiado el concepto de infancia y de capacidad de agencia de los niños), que treparas por los árboles, que fueras testigo y partícipe de una vida que ya no existe y que nos parece tan lejana.

Pese a esta imagen, que mucho imaginarán ruda, desteñida y en blanco y negro, como tú misma dices, fuiste una niña muy feliz antes de salir de tu comarca y de que tus costillas se viesen oprimidas por el ceñido corsé de la sociedad de la época. La única forma de estudiar era ingresar en un internado en el que te topaste con una férrea moral hasta entonces para ti desconocida, y del que conseguiste, literalmente y a modo de película, escapar en un tren de mercancías. Cuando te encontraron volviste a casa por poco tiempo. Intuyo que quien conoce que hay más mundo fuera del que imaginaba cuando era pequeño no puede volver a casa como si nada hubiera pasado: el afán explorador es una bendición y condena para el ser humano. Esta vez marchaste para hacerte un hueco en la gran ciudad como tantos otros jóvenes de provincias, y fue en Madrid donde aprendiste de verdad qué pieles vestían las fieras que no viven en los montes. También recuerdo con cariño cuando cuentas la cara de desaprobación de muchos cuando apareciste por primera vez por mi pueblo en los años setenta conduciendo, vistiendo pantalones y fumando… Pero no había quien pudiera doblegar a aquella sanabresa morena de ojos verdes.

Unos años más tarde te convertirías en madre de un niño ciego. Poco tiempo después, nació una niña, también ciega. Supongo que la maternidad siempre supone, al menos en parte, comenzar a vivir de forma distinta, pero a ti decidió retarte más que a nadie. Podrías haberte conformado, aceptar el sino, vivir con resignación, regocijarte en el victimismo. En lugar de eso, decidiste aprender a ser profesora, artista (¡menudos libros con texturas hacías para que tus hijos pudieran “tocar” el mundo y así conocerlo sin verlo”!) y un sinfín de cosas más. Les criaste desde la valentía, luchaste siempre contra la condescendencia y hoy son personas admirables como tú. Sé que tu vida ha estado llena de retos y reveses que hubiesen agriado el carácter de cualquier ser humano. Soy conocedora del daño que te han hecho, a veces, aquellos de quien más se espera cariño y candor.

Sin embargo, de todas las cosas que he aprendido y observado en ti, creo que la lección más valiosa que me has enseñado es que el rencor es para corazones débiles y adormecidos. Jamás he conocido a nadie que, pese a tanto infortunio, siga haciendo alarde de una generosidad tan paradigmática. No he conocido a nadie capaz de sacrificarse tanto a cambio de nada, de hacer las cosas justas por el mero hecho de que hay que hacerlas, porque te nace de corazón y no concibes ser de otra manera. No sé si lo sabes, pero eres una rara avis. Hoy es tu cumpleaños y llevo tiempo pensando en que nunca he podido agradecerte lo suficiente todo lo que me has enseñado y el amor que me has dado, así que quiero que sepas que te admiro y te recuerdo con más frecuencia cada día.


PD: Sí, para mí sigues siendo cada vez más alta, con hombros más anchos, brazos más largos y el corazón más grande.

Pradera en San Román de Sanabria, 2023 (archivo personal).

Comentarios

  1. Eres una escritora nata y a mi me encanta este relato. Gracias por pensar así y mirar con esos ojos tan dulces y cariñosos

    ResponderEliminar
  2. Admiración, amor, respeto hacia el pasado y los seres que han conformado nuestro mundo. Me ha encantado. Enhorabuena.

    ResponderEliminar
  3. Siempre supe que eras muy buena redactando, pero esta vez has conseguido impresionar incluso a un servidor que ya conocía perfectamente este relato tan personal. Yo también os admiro muchísimo a las dos 🥰

    ResponderEliminar

Publicar un comentario