Hoy se entrega a Dios, mañana al mundo
Pisa el suelo de la humilde barraca como si temiese dejar huella, como si estuviese cometiendo una imprudencia, pero hoy los tacones de sus relucientes zapatos hacen que todo el mundo sepa bien hacia dónde se dirigen sus pasos. De blanco inmaculado, como la inocencia prístina de la tierna infancia, se recoge el velo con delicadeza y se acerca al abuelo Josep, que descansa sobre el mimbre deshilachado de una silla astillada. Los rayos del sol levantino se cuelan entre los maderos humedecidos y dejan ver a contraluz las motas de polvo suspendidas, que se van posando sobre las superficies de una morada que ya ha visto remendar muchas veces las redes, los aparejos y la barca. Todos asisten expectantes a la feliz dicotomía: sus manos nacaradas y tersas como la piel de la naranja se entrecruzan con las manos callosas del anciano pescador, con los surcos de la experiencia, con la coloración inevitable del que se ha deslomado al sol.
Sus miradas, sin embargo, esquivan las imposiciones del tiempo y se encuentran de manera abrupta y sostenida para pasar así el testigo generacional ante los ojos atentos del resto de la familia. «Tu ja saps, xiqueta meua, que jo t’estime molt», sentencia el abuelo de forma serena y tierna, mientras ase con firmeza las manos de la joven Amparito para transmitir con más aplomo su mensaje, que no necesita más detalle ni ornamentación, que es como la barraca: robusto y suficiente. Hoy se comerá paella con habones y bajoqueta, como siempre la había hecho la tía Vicenta. Hoy todo gira en torno a ella, que se siente como una fallera el día de la cremà, que de tan extasiada no siente el dolor de las pinzas que se clavan en su cabeza para conservar el peinado que con tanto esmero le ha hecho su madre. Hoy el sol de la Malvarrosa calienta todavía de manera amable por encontrarse en el mes de mayo, y hace que la arena brille con una intensidad inusitada. Quién pudiera, Dios mío, detener el tiempo en una mañana de domingo como esta.
Amparito es muy joven, pero en el fondo ya sabe que un día tan resplandeciente solo puede ir seguido de tormenta, así que se esfuerza por encontrar un haz de belleza en todas aquellas cosas cotidianas en las que nunca antes había reparado. Este domingo le parece hermoso el color cobrizo del cañizo, se maravilla ante la fortaleza de la vieja barca y se sorprende del aroma del aire húmedo y salado de la playa. Mañana se irá para no volver, para buscarse la vida como una niña de provincias en la gran ciudad, para abandonar las tardes entre los juncos y los sonidos de la ribera. Mañana la huerta será un lugar al que buscar en la memoria, al que recurrir en la nostalgia, al que acudir a por consuelo. Con los primeros rayos del día se echará sobre los hombros la mantilla azulada que tejió su madre con ahínco y se marchará para demostrarle al mundo de lo que es capaz una chiquilla valenciana, aunque todavía no sabe que no la tratará como espera, pues este mundo es algo más grande y menos acogedor que la barraca del abuelo Josep. Todavía no sabe que el sol no brilla en todas partes como lo hace en el levante. Es el día de su Comunión y hoy se entrega a Dios, mañana al mundo.
Su madre con la mirada esperanzada de los que se ilusionan ante la incertidumbre, su padre con las facciones prietas de los que siempre temen lo peor. La abuela Enriqueta prestando atención para poder relatar después todos los detalles, e inventar los que así considere, a amigos y familiares. El primo Antolín inquieto y ajeno a la escena que está presenciando; incapaz de pensar en nada más que en la comida de la que podrá disfrutar tan pronto como acabe la ceremonia. Más allá del umbral de la barraca todo esto es imperceptible, quién diría que esté aconteciendo tanto en un lugar tan pequeño. Ahí dentro, donde casi nunca pasa nada, aunque ni ellos mismos lo sepan, hay opuestos sentimientos y pareceres, más que remiendos en las redes del viejo Josep.
Amparito respira profundamente, como si quisiera que el aire llegase a lo más hondo de sus pulmones, como si quisiera poder conservarlo y que la acompañase para no sentirse tan sola. Dirige su mirada hacia la puerta y entrecierra los ojos mientras su mano hace las veces de visera, para protegerse de un sol resplandeciente que deja caer su fuerza sobre la playa en forma de manto de luz brillante y plomiza. No puede evitar girarse de nuevo y mirar atrás, esta vez para encontrar a su abuelo enjugándose las lágrimas, lo que desencadena irremediablemente las suyas. «Va, filla, no plores més que ja fem tard!», se queja su madre con la voz quebrada, que intenta romper la tristeza imperante a base de hacer que todo el mundo se apresure por llegar a tiempo a la iglesia. Poco a poco salen desfilando, o más bien en procesión, hasta que dentro de la barraca solo queda Josep, que sabe que las escasas fuerzas que le restan no le acompañarán hasta el templo de Dios. Sabe que no hace falta echar a andar para reunirse con Él, pues el tiempo ya se le escurre entre los dedos, como anguilas de la Albufera escapando de un capazo. Si Dios quiere, pronto tendrá un lugar privilegiado desde el que observar y guiar los pasos de su pequeña Amparito allá donde vaya.
Sorolla, J. (1892). El día feliz [Óleo sobre lienzo]. Galería de Arte Moderno de Udine (Italia)
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Que bonito Irene!!
ResponderEliminarTrasmites con la misma luz que Sorolla nos deja ver en sus playas.
Enhorabuena!!!
¡Que bien escribes Irene! Me encantan tus relatos, sigue así!
ResponderEliminarEs precioso Irene, espeto que tus relatos no dejen jamás de fluir pata poder deleitarnos como lo hacen. Me encanta leerlos
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