Sunshine upon my fields

Allá en la arboleda cayeron los primeros rayos de sol como si envidiaran la delicadeza con que lo hace la llovizna. Se amagaban tímidamente entre los troncos recios y brillantes, todavía cubiertos por el manto del rocío. Aquellos rayos acababan de nacer y parecían niños traviesos tratando de ocultarse detrás de sus abuelos de madera; árboles que, de tan vetustos, pensé que quizás ya habían aprendido a leer el pensamiento. Me espanté ante aquella idea y eché a andar con premura hasta alcanzar la claridad del prado, donde la ausencia de ramas que pudieran filtrar y guiar la trayectoria de los hijos del sol dio lugar a un exceso de luz que supuso un contraste demasiado exacerbado para mis pupilas.

Me froté los ojos y, cuando los abrí de nuevo, ya estabas ahí. Tu figura quieta y solemne lo abarcaba todo y era como una gran nube en un día de tormenta. En cuanto mi vista se acostumbró al nuevo escenario y pude contemplarte en toda tu plenitud, supe de inmediato que siempre habías estado cerca. Sé que te quise cuando aún no te conocía, cuando todavía no existías en acto, pero ya eras potencia, y yo te albergaba esperanzada en mi corazón como un ave que protege con esmero el frágil recipiente del que nacerá su descendencia. Aquel día, al fin, la promesa de tu presencia se hizo realidad, y vi por primera vez las cosas resplandecer con la tonalidad y brillo que les pertenecía. Todo a mi alrededor parecía, en efecto, la armoniosa obra de un creador benevolente. Recordé una oración típica irlandesa que un día me regalaron en un pueblo del condado de Meath:

May the road rise up to meet you.

May the wind be always at your back.

May the sun shine warm upon your face;

the rains fall soft upon your fields and until we meet again,

may God hold you in the palm of His hand.

Tú no lo sabías, pero yo inventé nuevas oraciones y recé a todos los dioses y fuerzas del universo para que se cumpliera la profecía de nuestro encuentro. Ahora, que ya te has convertido en la luz de mis días, guárdame en tus ojos vivos de niño chico, esos que me embelesan y que son como la hierba fresca que no se secará hasta el día en que los cierres para no abrirlos más. Quiéreme casi en silencio, con palabras suaves, dulces como melaza, de esas que son para mis oídos como el viento austero que mece con calma los trigales castellanos. Admírame y no me lo digas casi nunca en voz alta, que no sea tu amor el fuelle que avive mi ego; líbrame así de la adulación que aturde los sentidos y hace que uno termine olvidando el poder del que ama. Ven, deja que te vea bien, que quiero agarrar tu mandíbula, admirar tus clavículas y dar gracias por cada centímetro de piel que puedo recorrer sin prisa, dirección ni mapa.

Echa a andar, no temas. Que la sombra que queda tras tus pasos firmes cobije los míos, pues ten por seguro que siempre irán tras de ti. Tiéndeme la mano para que pueda tomarla y sentir tus callos, tu piel firme y acostumbrada al duro bregar. Háblame con aplomo cuando se apodere de mí la duda, con esa voz tibia que es un bálsamo para mi alma. Cuéntame lo que sabes de los almendros y los álamos, llévame a la ribera del río y pídeme que guarde silencio para que podamos ver a los peces y avecillas trasegar. Méceme en tus brazos cándidos para que no pueda enfriarme a la caída del relente. Un texto lleno de imperativos y no tengo para ti ninguna orden, sino más bien un humilde ruego: ahora que conozco el candor de tu cariño, ten piedad y no me prives de él jamás. Yo, a cambio, prometo haber aprendido de mis errores y poner en práctica todas y cada una de las lecciones. Si tú estás conmigo, voy a conseguir que crezcan olivos en el norte y manzanos en el sur. Haré de la perseverancia mi bandera y, si fracaso en mi empresa, al menos que quede clavada la lanza de mi ahínco en la tierra que un día fue conquistada.

Vayreda, J. (hacia 1892). La roureda (El robledal) [Óleo sobre lienzo]. Barcelona: Museu Nacional d'Art de Catalunya.


Comentarios

  1. Chapó Irene, eres una crack escribiendo. Espeto el próximo escrito

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