Síndrome de Diógenes emocional

Yo me esforcé en memorizar las facciones de su cara, cada lunar de su espalda, la forma de sus nudillos y en definitiva hasta el más minúsculo detalle de su anatomía, por anodino que pudiera parecer. Pero por encima de todo me juré que jamás olvidaría la forma en que me miraban aquellos ojos turbios y descontentos. Dios sabe que esas pupilas eran densas y opacas como un tapiz flamenco y que, por más que me esforzase en atravesarlas, la débil aguja que constituía mi fijación por aquel hombre siempre sería insuficiente e incapaz de hacer mella en su tela. Yo pensé que conseguiría, a través de la constancia y la paciencia, la llama que aviva todo fuego; pero no se puede hacer lumbre con leña mojada. El ego a veces nos hace creer que nuestra resiliencia será capaz de sorprender a aquellos que, sin embargo, jamás podrán mirarnos como ansiamos, y nunca se turbarán nerviosos y excitados ante nuestra presencia.

Aun así, le recordaba todas las mañanas y apretaba los párpados con ansia, hasta que conseguía que su figura se revelase cierta y nítida como una fotografía. Todo aquel ritual insulso y ridículo me hizo darme cuenta de que temía el olvido por encima de cualquier otra cosa. Me quemaba la rabia cuando intentaba hacer memoria y recordar amantes y amores de hace años, pero su recuerdo ya no era yeso fresco. El tiempo los iba secando y ya solo podía quedarme con el momento más vívido o con la conversación más destacada en el mejor de los casos. Su recuerdo ya no era una fotografía, sino un vago bosquejo. Ese miedo irracional me impulsaba a seguir guardando las fotografías reales y las conversaciones de los que me hicieron feliz, pero también de los que me hicieron daño, que en muchos casos eran anverso y reverso de la misma moneda, y les lloraba a partes iguales. Como no desechaba sentimientos, sino que los iba rumiando una y otra vez, acabé por desarrollar una especie de síndrome de Diógenes emocional, hasta que llegó un día en que empezó a abrumarme la idea de que había ocupado todo el espacio del que disponía y de que al final ya no podría seguir coleccionando estatuas de yeso en mi pecho, y que debía deshacerme de los dudosos trofeos.

Empecé a preocuparme cuando me percaté de que ya no sonreía igual ante la atención recibida ni me sentía tan dolida por el rechazo. Ya no me ardía el estómago cuando me emocionaba y ya no lloraba desconsoladamente cuando me reconocían que no sentían nada por mí. Temí profundamente haber agotado mis posibilidades, haber vagado hasta entumecer mis piernas y haberlas dejado inservibles. Cada vez me rompían menos el corazón, pero también me ilusionaba con menos fuerza. Comencé a pensar que terminaría por convertirme en una inerte sentimental. Por eso yo seguía cerrando los ojos y apretándolos con fuerza para recordar todas las veces en que fui solo carne, y me esforcé en revivir todas las palabras hirientes que todavía podía recordar porque se habían quedado incrustadas como astillas en mi alma. Intenté buscar en la humillación una respuesta rápida y dolorosa que pudiese hacerme despertar del letargo. También probé, con igualmente fallido resultado, revivir todos los momentos en los que mi corazón parecía un potro salvaje, lleno de posibilidad y potencia. Todo fue en vano. Por desgaste emocional o por años a la espalda, empecé a digerir la resignación y a aceptar que aquel potro que un día estuvo desbocado era ya un caballo bien domado, pues el pelo de su crin ya no se peinaba al viento y su mandíbula empezaba a acostumbrarse a las marcas del ronzal. Hubiese dado todo cuanto tenía por la oportunidad de volver a mirar desde la extrañeza y la ingenuidad de los ojos de un infante, por volver a descubrir de cero y tener la oportunidad de juzgar más sabiamente, de saber distinguir mejor la cáscara del fruto.

Gorky, A. (1931-1934). Nighttime, Enigma and Nostalgia (serie) [Tinta sobre papel]. Nueva York: Whitney Museum of American Art.

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