¿Tú no oyes eso?


Los dos últimos hombres que me rompieron el corazón odiaban el mismo elemento de mi cuarto, y hasta hoy no había reflexionado sobre la terrible y vaticinadora coincidencia. Al principio todo acontecía con la normal e indiscreta exuberancia que traen consigo los actos carnales y los consiguientes volúmenes y fluidos implicados, capaces de aniquilar por un momento la evidencia de todo lo que rodea a los cuerpos en acción. Durante la primera hora, nadie reparó en la presencia del reloj. Cuando las respiraciones por fin se calmaban y comenzaban a acompasarse a medida que la nube de éxtasis se diluía, las mentes empezaban a reconocer el terreno. Recuerdo que el primero de estos hombres, al cabo de un rato de silencio, se incorporó ligeramente y me dijo: «¿Oyes eso? ¿No te molesta? Joder, yo no puedo parar de oírlo». Yo le pregunté, haciéndome la tonta, que a qué se refería. «Pues al reloj que tienes ahí. No sé cómo puedes dormir con ese ruido por las noches». Yo me reí de aquel comentario como me hubiese reído hasta de la muerte de un vecino si tal noticia hubiese salido de su boca, pues todas mis neuronas se habían concentrado en buscar el calor entre su brazo y su pecho, donde esperaba hallar el cobijo que merece cualquier perro callejero, y así descansar al fin amparada por el hombre que ilusamente pensé que podría llegar a quererme algún día.


El siguiente hombre que llegó a mi vida, también de rasgos afilados y mirada viva —características que, nuevamente, no vi como un mal presagio, sino que interpreté como muestras de una inocente picardía que yo sería capaz de pulir y domesticar, pobre de mí—, se inquietó de igual forma ante el avance de las manecillas del reloj. Al parecer este pequeño objeto no era tan inocuo como yo pensaba. Después de fijar un rato la vista en el techo, giró la cabeza repentinamente e inspeccionó primero el objeto con la mano, hasta que me miró y espetó: «¿Pero acaso no lo escuchas? Yo no podría dormir así». Yo sonreí ligeramente, como haciendo una mueca de complicidad a mi yo del pasado. Acto seguido intenté refugiarme en sus brazos, que en vez de ofrecerme el reposo que ansiaba me animaron a seguir afanándonos en la tarea primigenia que nos había llevado hasta el cuarto. Este segundo hombre era menos parco en palabras que el anterior y más vigoroso en el acto que nos había reunido en el lecho. Sin embargo, y sería un error decir que contra todo pronóstico, también era menos proclive a abrazar a su cómplice nocturna, que nuevamente había intentado buscar consuelo en un hombre que el tiempo demostraría que también era el equivocado.


Empecé a preguntarme qué relación podría haber entre el reloj y aquellos dos hombres, escurridizos como anguilas, que habían conseguido abrir nuevas brechas en un corazón como el mío, que de tan optimista y confiado nunca escarmentaba y seguía abriéndole sus puertas con presteza a cualquier extraño, así que no constituía ninguna sorpresa que andara siempre malogrado. Probablemente nunca sabré a ciencia cierta qué les inquietaba tanto de aquel reloj. Supongo que aquel ruido que para mis oídos era ya imperceptible para los suyos era un martillo atronador: la vehemente e irreprochable evidencia de un tiempo que no cesaba de galopar y cuyo avance les obligaba a elegir inevitablemente entre permanecer o huir a toda prisa antes de que fuera demasiado tarde. La esbelta y certera aguja les apresuraba y les exigía reafirmarse en su decisión, que en ambos casos fue la de alejarse para dejar de escuchar el infernal ruido. Quizás no supieron atreverse a quedarse las horas suficientes como para acostumbrarse y dejar que el tiempo hiciese sus oídos tan impasibles como los míos.



Rivera, D. (1914). El despertador [Óleo sobre lienzo]. Museo Frida Kahlo (Ciudad de México).

Comentarios

  1. Un comienzo divertido y un final muy conseguido y reflexivo.
    Feliz año nuevo.

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  2. Extraordinario como siempre..... feliz año

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  3. Como siempre me ha encantado. El final es tan acertado!

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