Tic-tac boom



Vivía entre cuatro paredes grises que se cernían amenazantes sobre mí y se encargaban de prevenir cualquier conato de creatividad. Una pequeña chispa de esperanza era inmediatamente sofocada por aquel ambiente denso e impenetrable, como una enorme manta húmeda que impedía que se avivase el fuego. El tic-tac del reloj retumbaba en mi cabeza con una fuerza tal que me hacía imaginar un aparato de unas proporciones desmesuradas, aunque desde luego no eran tales, y el eco que quedaba tras el avance de sus manecillas se sentía en mi sien como un golpe certero que aniquilaba mi razón con premeditación y alevosía. Realmente creí que aquel ruido atronador acabaría por resquebrajarme. Yo rebuscaba con la mirada entre las esquinas y terminaba la ruta de inspección en la sórdida ventana, que no mostraba un panorama mucho más alentador. Nubes grises y espesas como el sebo que parecían posarse sobre los edificios y ser capaces de ejercer el peso suficiente como para aplastarlos. «Cómo voy a escapar de esta prisión que, por si fuera poco, encima tengo que pagar mes a mes religiosamente», me preguntaba.


Pensé que observar el vaivén de los pocos animales que alcanzaba a ver a través de los cristales me reconciliaría con el devenir de los días, pero sus movimientos repetitivos y eminentemente instintivos en vez de aliviarme aumentaban mi desazón. Observaba cómo actuaban por pura supervivencia y de qué forma todas sus acciones buscaban la complacencia de la fisiología: mitigar el cansancio, aplacar el hambre, conseguir la reproducción. Me asqueé pensando en el porcentaje de similitud entre nosotros, los simios bípedos y testarudos, y aquellas ratas cada vez más grandes que, no contentas con haber colonizado las cloacas, ya campaban a sus anchas también por el parque. Me asustaba reflexionar sobre el parecido no solo genético, sino conductual que guardamos con estos mamíferos… Y, como siempre hubo clases, incluso entre las ratas, resulta que unas eran más libres y otras más desdichadas, como las ratas Wistar. Al igual que ellas, hemos aprendido qué hacer para conseguir que gire la rueda y nos den pan; las ratas en el laboratorio y nosotros en naves y oficinas. Qué decir, cómo gemir, cómo posicionar las manos o las patitas para que nos saquen de vez en cuando de nuestras respectivas jaulas.


Sin embargo, puede que su posición fuese más privilegiada por haberse librado de tener que soportar una masa encefálica tan pesada como la nuestra. La mía, por su parte, no hacía más que torturarme con el peso de la reflexión. Me di cuenta de que pasaba muy pocas horas al aire libre, y de que cuando no estaba en mi ratonera particular me metía en otra compartida más de cuarenta horas por semana. Algunos habían empezado a decorarla con plantas y otros objetos de colores brillantes, quizás con la intención de aligerar el peso del blanco y el gris imperantes, tan fríos e impersonales que, si me paraba a observarlos más de la cuenta, sentía como si una apisonadora estuviera bailando claqué sobre mi pecho. La gente discurría por aquellos pasillos tristes y a mí me parecía que sus ojillos se hacían cada vez más pequeños, que se les iba curvando la espalda y que se irían achicando hasta convertirse en ratas, hasta no ser nada. Pensé que debería rendirme y centrarme en fortalecer los hombros, en entrenarlos hasta hacerlos lo suficientemente fuertes como para aguantar el paso de las horas y el peso de los días con resignación. Debería esforzarme en alcanzar la alienación total, en dejar que los juegos de luces me cieguen y el sonido de los petardos me deje sorda, y olvidarme así, de una vez por todas, del maldito tic-tac BOOM del reloj… Al menos hasta que comiencen a acechar las últimas horas de luz del domingo, que de seguro me agitarán de nuevo porque no son más que la prueba irrefutable de que no somos libres, nunca lo seremos y nunca lo fuimos.


Álvarez Sala, V. (1915). El pan nuestro de cada día [Óleo sobre lienzo]. Museo de Zaragoza (depósito de la colección del Museo del Prado).


Comentarios

  1. Me encantan tus reflexiones/relatos y este no iba a ser menos.

    ¡Sigue así! Esperando con entusiasmo el siguiente.

    Un cordial saludo

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  2. Me encanta tu relato! Interesantes pensamientos (para bien)!

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