La piedra franca
Encontré un extraño consuelo en la piedra franca de Villamayor, madre de las vistosas construcciones monumentales salmantinas. Un día, casi temerosa, extendí el brazo para pasear mi mano sobre ella, como quien acaricia con sumo cuidado el lomo de un animal. Aquella piedra era de tacto rugoso y suave. Los minerales que la conformaban le conferían un peculiar aspecto satinado, e incluso daba la sensación de que aquel brillo se impregnaría en los dedos, como si se hubiese aplicado en una capa de revestimiento posterior que todavía estaba fresca. Cuando la luz del sol incidía sobre la piedra se acrecentaba notablemente este efecto, y de aquella simbiosis nacía un resplandor que le había valido a Salamanca el más que merecido sobrenombre de ciudad dorada. Yo me maravillaba ante los dones de un material que, si bien era maleable y capaz de engendrar preciosas filigranas, aguantaba estoicamente tantos siglos a la intemperie, en una zona donde tanto el invierno como el verano son abruptos a su paso.
Sin saber muy bien cómo ni por qué, me di cuenta de que hallaba un regocijo particular en los edificios antiguos, en los materiales naturales, y en todo aquello que llevaba el suficiente tiempo entre nosotros como para darme la certeza de que no dejaría de hacerlo en el futuro próximo, aunque fuese por una cuestión de probabilidad inductiva: mañana la catedral de Salamanca todavía sorprendería a los visitantes y los vencejos no habrían cesado de sobrevolarla en los meses menos fríos. Por alguna razón que se cobijaba en la intuición de mis tripas y no en mi cabeza, yo había encontrado refugio en lo inmutable, particularmente en las cosas que, aparte de vetustas, no podían articular palabra alguna pero sí decir muchas cosas, y conseguían acallar los engranajes gritones que no dejaban de girar en mi cabeza.
Quizás en un atisbo de locura o probablemente por puro agotamiento, llegué a esperar respuestas de lo inanimado, en particular de aquellas construcciones colosales que por sus magníficas proporciones parecían rasgar el cielo y encontrarse en una situación preferente con respecto a nosotros, pues llevaban siglos ya viéndonos discurrir como pequeñas hormigas hacendosas con la perspectiva clarificadora que da la altura. Dice el refranero popular que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Añado yo que más sabe el gigante por alto que por gigante. Quizás, de haber tenido un brazo con el que señalar, desde esa vista panorámica tan privilegiada la catedral podría haber reconducido mis erráticos pasos. Si la gente desesperanzada se arrojaba a los brazos de las estrellas y horóscopos buscando migajas de consuelo que les dejasen entrever un destino alentador, por qué no iba a ser la piedra capaz de reconfortarme a mí de igual manera.
Separé la mano de la piedra y continué mi paseo descendiendo por la calle Tentenecio hasta darme de bruces con el río Tormes. Pensé entonces, azuzada por el rumor del agua, que cuando era algo más joven imaginaba el futuro como si fuera un mar: una gran masa de agua llena de posibilidades, un lugar donde no se atisba el final. Yo solo quería lanzarme hacia él, sin miedo, y esperaba con ansia todos los retos que pudiese ofrecerme. Ahora, sin embargo, los primeros desencantos de la edad adulta habían cambiado súbitamente la forma de aquellas aguas, que se habían ido achicando hasta convertirse en un arroyo de corriente impredecible y lleno de requiebros; unas aguas bravas que me animaban a tornarme cautelosa y me empujaban a iniciar el nado en un lago más apacible… Y para mí esas aguas serenas se habían quedado en el pasado. Me sentía, como Orfeo, tentada a mirar hacia atrás constantemente. A él este instinto le costó perder a Eurídice, y el precio que yo pagaría estaba todavía por ver.
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| Fachada principal de la Catedral Nueva de Salamanca (fotografía de archivo personal). |

Buenísimo!!!! Me encanta Irene!
ResponderEliminarPrecioso relato, deseando todas las semanas leer un nuevo post!
ResponderEliminarMe encanta Irene! Bonito relato!
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